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El cerebro sometido a tensión

NUEVA YORK – La tensión nerviosa contribuye al desencadenamiento de la enfermedad cardiovascular y de la depresión, entre otras afecciones, y no son sólo los mayores acontecimientos que provocan tensión los que hacen estragos en nuestro cuerpo, sino que, además, los numerosos conflictos y exigencias de la vida diaria intensifican y a veces alteran el funcionamiento de nuestros sistemas de reacción ante la tensión y causan un deterioro en el cuerpo y en el cerebro.

Esa carga de la tensión nerviosa crónica, llamada “carga alostática excesiva”, refleja no sólo las repercusiones de las experiencias vitales, sino también nuestra constitución genética. Además, los hábitos individuales –como, por ejemplo, la dieta, el ejercicio, la cantidad y la calidad del sueño y el uso indebido de substancias– desempeñan también un papel importante, como también las primeras experiencias de la vida, que establecen modalidades de comportamiento y reactividad fisiológica para toda la vida.

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Hay tres categorías de tensión nerviosa:

  • La tensión positiva, gracias a la cual una persona se siente recompensada al superar una dificultad.
  • La tensión tolerable, resultante de acontecimientos vitales graves: por ejemplo, el divorcio, la muerte de un ser querido, la pérdida de un empleo, pero en los que la persona afectada tiene buenos sistemas de apoyo.
  • La tensión tóxica, debida a los mismos tipos de acontecimientos graves, además de la acumulación de las luchas diarias, pero sin buenos sistemas de apoyo.

La diferencia entre la tensión nerviosa tolerable y la tóxica depende del grado subjetivo de control que experimenta una persona. Además, un amor propio deficiente exacerba una sensación de desamparo y falta de control. El apoyo social de amigos y familia es decisivo para mejorar los efectos de la tensión nerviosa tolerable e impedir que se vuelva tóxica.

Todas ellas son funciones del cerebro, el órgano fundamental para nuestra reacción ante la tensión nerviosa. El cerebro interpreta lo que es amenazador y, por tanto, creador de tensión nerviosa, regula las reacciones fisiológicas y de comportamiento ante la tensión nerviosa (la primera de ellas mediante los sistemas autónomo, inmune y neuroendocrino) y es una diana de la tensión nerviosa, pues experimenta una remodelación estructural y funcional de sus circuitos que afecta a su rendimiento. Dicha remodelación comprende una limitada substitución de neuronas en el hipocampo, región cerebral importante para la memoria espacial y la memoria de los acontecimientos de nuestra vida diaria.

El reconocimiento de la vulnerabilidad y la plasticidad del cerebro sometido a tensión nerviosa comenzó con las investigaciones del hipocampo y ahora comprende la amígdala, región cerebral relacionada con el miedo, la ansiedad y el estado de ánimo, y la corteza prefrontal, que es importante para la adopción de decisiones, la memoria y el control descendente del comportamiento impulsivo, además de la regulación del sistema nervioso autónomo y el eje hormonal de la tensión nerviosa. Una tensión nerviosa repetida hace que las neuronas del hipocampo y de la corteza prefrontal se encojan y pierdan conexiones con otras células nerviosas y al mismo tiempo las neuronas de la amígdala crezcan y formen nuevas conexiones.

Como la remodelación de las neuronas por la tensión nerviosa es reversible, ahora los investigadores creen que los trastornos de ansiedad y depresión crónicos representan una falta de capacidad de recuperación espontánea en los individuos susceptibles. En esos casos, la falta de recuperación requiere la administración de medicamentos o intervenciones en materia de comportamiento o ambas cosas.

Las hormonas relacionadas con la tensión nerviosa protegen el cuerpo y el cerebro a corto plazo y fomentan la adaptación, pero la actividad crónica de dichas hormonas provoca cambios en el cuerpo que causan una carga alostática excesiva, junto con sus potenciales enfermedades acompañantes. Por ejemplo, el sistema inmune se intensifica con la tensión nerviosa aguda, pero la tensión crónica lo reduce. Del mismo modo, el cerebro muestra una intensificación de la actividad durante la tensión aguda, con una mejora de ciertos tipos de memoria, pero experimenta cambios estructurales que aumentan la ansiedad y reducen la flexibilidad mental y la capacidad de la memoria a consecuencia de la tensión crónica.

Las influencias durante el desarrollo que comprenden la calidad de la actuación de los padres y la adquisición del apego desempeñan un papel muy importante en la posterior vulnerabilidad a la tensión nerviosa durante el resto de nuestra vida: por ejemplo, el maltrato y el abandono durante la infancia aumentan nuestra vulnerabilidad a los trastornos físicos y mentales, incluidos la obesidad, la enfermedad cardiovascular, la depresión, el trastorno de tensión nerviosa postraumática, el uso indebido de substancias y el comportamiento antisocial.

Entre las causas más poderosas de tensión nerviosa en la vida adulta figuran las que son consecuencia de las relaciones competitivas entre animales de la misma especie, que propician la formación de jerarquías de dominio. La tensión psicosocial de ese tipo no sólo altera la función cognoscitiva en los animales de rango inferior, sino que, además, puede fomentar la enfermedad (por ejemplo, la aterosclerosis) entre quienes rivalizan para conseguir una posición dominante.

La ordenación social en la sociedad humana está relacionada con gradientes de enfermedad, con una frecuencia de mortalidad y morbilidad en aumento a medida que descendemos por la escala de la posición socioeconómica, que refleja a un tiempo los ingresos y la instrucción. Aunque las causas de esos gradientes de salud son muy complejas, suelen reflejar, con una frecuencia en aumento en el extremo inferior de la escala, la carga acumulativa debida a la necesidad de afrontar la limitación de recursos y los factores de tensión, así como las diferencias de estilo de vida y la carga alostática excesiva resultante que supone para los sistemas fisiológicos que intervienen en la adaptación y el esfuerzo para afrontar las circunstancias adversas.

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La reacción del cerebro ante la tensión nerviosa no necesariamente constituye un “daño” en sí y es reversible y prevenible mediante tratamientos, que comprenden los medicamentos, el ejercicio, la dieta y el apoyo social, y, como el ambiente social tiene efectos poderosos mediante el cerebro en el resto del cuerpo, las políticas públicas y privadas pueden tener repercusiones positivas en la salud y brindar un beneficio descendente al cerebro y a las funciones corporales.

Puede lograrse mediante políticas que mejoren la instrucción, faciliten una vivienda mejor, mejoren los traslados del hogar al trabajo y viceversa, regulen las condiciones de trabajo, aumenten la disponibilidad de alimentos saludables y brinden desgravaciones fiscales a los miembros de las clases bajas y medias. Semejantes políticas podrían prevenir enfermedades y con ello ahorrar dinero, reducir el sufrimiento humano y fomentar vidas más sanas y más válidas.