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La sombra del Creciente

NUEVA YORK -- Mientras el Pakistán se atrofia en su crisis existencial, una pregunta fundamental sobre la naturaleza del país está pasando a primer plano: ¿son sus ciudadanos unos pakistaníes que resultan ser musulmanes o son unos musulmanes que resultan ser pakistaníes? ¿Qué está primero: la bandera o la fe?

No es una cuestión que muchos pakistaníes puedan resolver fácilmente. La inmensa mayoría de la llamada “minoría instruida” del país no parece dudar a la hora de identificarse primero como musulmanes y después como pakistaníes. Algunos consideran que su religión es lo más importante para ellos y que a ella irá dirigida siempre su lealtad en primer lugar. Otros reconocen tener poca consideración para con la religión, pero dicen que el Pakistán ha llegado a significar tan poco para ellos que incluso su lealtad a la religión es mayor que la que sienten por su país.

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La disposición a subordinar el Estado frente a Dios, incluso entre los muy instruidos, es un factor fundamental en la crisis del Pakistán. ¿Cómo puede un país abrigar la esperanza de prosperar, si la mayoría de sus ciudadanos profesan sólo una lealtad secundaria al Estado? ¿Cómo puede progresar, si, como escribió el conocido autor M.J. Akbar, “la idea del Pakistán tiene menos fuerza que el pakistaní”.

Pero, ¿cuál es la idea del Pakistán?

Allá por los violentos días del decenio de 1940, Mohammed Ali Jinnah agrupó a un pueblo en pro de la constitución de la nación. Pese a su condición de anglófono y sus modales victorianos, consiguió crear una patria separada para los musulmanes de la India, pero hoy a un abogado erudito y occidentalizado como Jinnah que no sea un wadhera o un jagirdar le resultaría imposible ganar una elección popular en el Pakistán.

Es que el Jinnah real resulta irrelevante en el país que lo venera como “Quaid-e-Azam” o fundador de la nación. Pocos pakistaníes tienen tiempo o inclinación para pensar en las ideas de su fundador. La idea que Jinnah tenía del Pakistán –el nacionalismo musulmán sudasiático– ha sido superada por el dogma del universalismo islámico.

La moderna identidad pakistaní ha cobrado forma en gran medida mediante la negación de una identidad india hindú y la adopción de una carta panislámica mundial. Se considera que el avance económico es una occidentalización o, peor aún, una indianización. A cada paso, los pakistaníes parecen más propensos a unirse como hermanos en el islam que como hijos del mismo suelo.

Además, el miedo al envilecimiento y al fracaso ha engendrado una clase de islam cada vez más paranoide, encaminado a imponer controles más estrictos –en materia de educación, derechos de las mujeres, bailes, afeitado de la barba y sexualidad– y cerrar la sociedad a todas las formas de la modernidad. Ese islam paranoide, representado por grupos extremistas como Tablighi Jamaat, es la clase de credo que más aprisa crece en el Pakistán.

Ahora el Pakistán se encuentra en una encrucijada y ha de afrontar un incómodo momento de la verdad. Para sobrevivir, sus ciudadanos deben actuar al unísono o correr el riesgo de que todas las tendencias moderadas del país acaben eliminadas por un clamor de voces religiosas antiliberales.

La crisis actual exige a todos los pakistaníes reflexivos que se hagan preguntas serias: ¿cuál debe ser la idea del Pakistán? ¿Sois pakistaníes que resultan ser musulmanes, cristianos o hindúes? ¿O sois miembros de una ummah islámica mundial que vivís por casualidad en Karachi o Lahore?

El auténtico imperativo –y la solución en última instancia– es el de lograr que la gente piense y hable sobre esas cuestiones, pero debe ser un debate entre las personas y dentro de ellas. Nada se resolverá buscando el “autentico islam” o citando el Corán.

El caso es que, con el tiempo , pese a las fuertes lealtades regionales y a las diversas diferencias culturales y religiosas, la mayoría pueda identificarse simplemente como “pakistaní”... aun cuando abrigue diferencias radicales sobre lo que ese término puede significar. La auténtica idea del Pakistán debe ser, en última instancia, la multiplicidad.

En la actualidad hemos llegado a entendernos como personas mixtas: con frecuencia contradictorias e internamente incompatibles. En el Babarnama , por ejemplo, vemos las contradicciones internas en la personalidad del fundador del imperio mogol. Al describir su conquista de Chanderi en 1528, Babar ofrece detalles horripilantes de la sangrienta matanza de muchos “infieles”, pero unos párrafos más adelante habla por extenso de los lagos, los ríos y el agua dulce de Chanderi. Así, pues, ¿quién fue Babar? ¿Un tirano sediento de sangre, un poeta humanista o ambas cosas... y no necesariamente en conflicto mutuo?

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Se debe ampliar al máximo la identidad del Pakistán y volverla tan capaz como para dar cabida a sus punjabis, sindhis, patanes y balochis y sus religiones –suní, chií, hindú, cristiana, parsi, qadiani– hasta que se pueda llamarlos a todos igualmente “pakistaníes”. Ése debe ser el objetivo final y el primer paso en la larga y tortuosa batalla para salvar al Pakistán.

Se trata de una idea por la que vale la pena luchar... y los intelectuales del Pakistán, su minoría selecta y su juventud deben situarse en el primer plano de la batalla. El Creciente ha arrojado una sombra aparentemente interminable sobre todo el Pakistán. Sus tragedias y fracasos son consecuencia de lo que está ocurriendo en nombre de Dios, no de Jinnah. Para salvar al Pakistán, se debe renovar el espíritu de Jinnah, sus apolillados ideales y los pakistaníes deben preguntarse qué significa en realidad el Pakistán.