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El mundo secreto de la circuncisión femenina

NAIROBI – Cuando era una niña en la zona rural de Kenia, era una secreta admiradora de la mutilación genital femenina. Me dejaba llevar por las charlas de amigos y personas mayores sobre cómo una vez que una niña se somete al "corte", gana respeto y los hombres adultos la consideran apropiada para el matrimonio. Quizás estas fueron las razones por las que, a la edad de 13 años, quería ansiosamente que me "circuncidaran" y volverme una "mujer real".

Sin embargo, mi madre se oponía a la práctica porque era (y sigue siendo) cristiana y quería que yo me educara y escapara del destino de muchas niñas de mi comunidad que se casan con hombres mayores y luego pierden su autonomía. Intenté persuadir a mi madre de que permitiera mi circuncisión, pero ella se opuso.

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La decisión de mi madre me enfureció. Frustrada, hablé con otras chicas del colegio. Cada una de ellas me dio una versión diferente del proceso, pero todas tenían una opinión común: la circuncisión es intensamente dolorosa y debía estar preparada para mucho sangrado. Y, aún así, las amigas con las que hablé me alentaron a circuncidarme.

De modo que un mes de agosto, en época de clases, decidí aprender más sobre la circuncisión genital femenina. Decidí ser testigo de una niña que se sometía a la práctica y tal vez verla gritar y sangrar. En lo posible, quería hablar con ella más tarde para obtener un panorama más claro de su experiencia.

Seguí adelante con mi plan y presencié la circuncisión de una niña. La experiencia me cambió la vida, pero no como yo esperaba. Antes de la operación, se cantaron canciones heroicas tradicionales, mientras un puñado de mujeres mayores afilaba sus cuchillos y se aprontaba para la tarea por delante. También preparaban hierbas especiales para utilizar como desinfectantes. A decir verdad, presté poca atención a sus preparativos. Tenía los ojos clavados en Lillian, una niña que esperaba ser cortada.

Cuando las mujeres empezaron su trabajo, la expresión de Lillian pasó de una expectación aturdida al miedo y luego al pánico. Pensé que en cualquier momento podía cambiar de opinión y correr por su vida.

Me equivoqué. Se sentó en un taburete tradicional y separó bien las piernas. Una mujer anciana se inclinó sobre ella, cuchillo en mano. Desvié la vista y oí un grito agudo. El grito terminó siendo engullido por los vítores de decenas de mujeres que miraban a Lillian conmigo. Ellas celebraban la mutilación de Lillian, mientras yo lamentaba su pérdida.

En mi cabeza, Lillian estaba experimentando el peor momento de su vida. En un instante, mi visión de la circuncisión femenina cambió para siempre. Mientras las mujeres a mi alrededor seguían vitoreando, yo resolví que de ahí en adelante me resistiría a la práctica con toda mi fuerza.

Debido al apoyo de mi madre, y a mi propia determinación, logré mantener mi cuerpo intacto. Terminé la escuela secundaria y luego estudié periodismo en una gran ciudad lejos de casa. Hoy, vivo y trabajo en la cosmopolita Nairobi, y miro hacia atrás con una mezcla de horror y espanto mi fascinación infantil con la circuncisión femenina.

Escapé a la mutilación, pero otras niñas de mi comunidad rural en Kenia siguen recibiendo "el corte" hasta el día de hoy. Sólo el mes pasado, en Narok, la ciudad más cerca de mi pueblo de la infancia, una niña de 13 años murió después de someterse a una circuncisión como preparativo para su matrimonio con un hombre que ya tenía cinco esposas. Cuando la niña murió, su padre y su prometido conspiraron para que su cuerpo fuera enterrado en secreto en la mata. La policía de Kenia se enteró de la muerte de la niña y se están iniciando acciones legales contra los hombres.

Pero el castigo para quienes perpetran la circuncisión femenina sigue siendo raro. La práctica persiste, a pesar de las prohibiciones legales. Como me dijo un funcionario de cuidado infantil de Narok, " a menos que cambien las actitudes, los esfuerzos por erradicar la práctica serán inútiles".

Las actitudes de los padres están cambiando, pero lentamente. El gobierno puede hacer más, por supuesto. Una nueva iniciativa insta a que se proscriba a los líderes locales cuando un número elevado de niñas deserta de la escuela.

La lógica es apremiante: si las niñas se quedan en la escuela, pueden evitar "el corte" y el matrimonio temprano. Una vez educadas, estas niñas pueden decidir por sí mismas -como hice yo- y oponerse al maltrato en manos de sus familiares y vecinos.

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Al mismo tiempo, es necesaria una mayor acción para combatir la práctica, en Kenia y en otras partes de Africa donde aún continúa. La oposición internacional ayuda. Durante décadas, los activistas en Estados Unidos y Europa llamaron la atención sobre el problema e instaron a los gobiernos africanos a procesar a los perpetradores.

No obstante, dado que la mutilación genital femenina está ligada a un conjunto más amplio de prácticas tradicionales que implican el control de los cuerpos y las mentes de las niñas, y porque estas tradiciones tienen un fuerte arraigo en algunos africanos, en definitiva la práctica sólo se puede frenar a través de esfuerzos concertados por parte de los propios africanos. Sólo si nosotros cambiamos las opiniones de nuestros amigos y vecinos, más niñas podrán escapar "al corte" -y nunca desearlo.