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El club de los científicos varones

Trabajo en el comité de promociones y designaciones de puestos de alto nivel de una escuela de medicina. Con los años, he llegado a reconocer algo tan perturbador como innegable: como grupo, los varones que trabajan en ciencias básicas ascienden por el comité sin problemas. Muchos trabajan en campos tan especializados que sólo tienen diez colegas en todo el mundo, la mitad de los cuales son sus mentores o fueron una vez compañeros de estudios de postgrado. Estos son los "pares", que proporcionan sin demora elogiosas cartas de recomendación que señalan que el solicitante ha logrado "reconocimiento nacional e internacional". En contraste, las solicitudes de quienes trabajan en el área universitaria clínica y las de las mujeres provocan muchas más discusiones.

No cuestiono la facilidad con que son promovidos quienes se desarrollan en el ámbito universitario de las ciencias básicas; después de todo, estoy seguro de que yo también disfruté de los beneficios que acompañan a esta denominación. Sin embargo, el sistema parece terriblemente injusto. Confiamos en referencias externas para promover a los científicos básicos, que publican su trabajo en revistas nacionales e internacionales. En contraste, es difícil cuantificar su nivel de calidad. De hecho, nos resulta difícil incluso definir (pienso que con mayor o menor éxito) lo que es un médico en práctica "académica", debido a que la reputación de un profesional clínico se basa en interacciones locales que son difíciles de documentar.

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El tema de las mujeres que trabajan en puestos universitarios, especialmente en las ciencias básicas, es mucho más complejo. Sospecho que acá el problema refleja diferencias fundamentales en la manera en que mujeres y los hombres se aproximan a la ciencia como un microcosmos de la vida. Muchos de mis colegas de facultad varones no son personas obsesionadas por los músculos ni impulsados por la testosterona, pero en sus carreras científicas muestran dos tipos de comportamiento típicamente masculino.

El primero es una compulsión por ser el primero en establecer hechos científicos completamente triviales. A medida que maduro, ya no estoy seguro de por qué esto es tan importante, pero los miembros varones de nuestra especie parecen pensar que sí lo es. La mayoría de los hombres jóvenes que tienen puestos en la facultad tienen una necesidad obsesiva de trabajar 20 horas al día y siete días a la semana para asegurarse de que un competidor (algunas veces ilusorio) muerda el polvo. ¿A quién le importará esto en 10 o 15 años? La mayoría de las mujeres que se desarrollan en las ciencias básicas parecen no tener el menor interés en ese tipo de juegos.

El segundo comportamiento masculino es un imperativo parricida que es quizás el más vergonzoso y atávico de los impulsos primarios que aún acechan en algún arcaico lugar de nuestro cerebro. La idea de que uno debe, de algún modo, suplantar a su mentor, dejar en la nebulosa a la generación anterior y convertirse en el líder del rebaño parece obsesionar a los varones.

Las científicos mujeres parecen comportarse de una manera mucho más colegiada. Hay un cierto miembro (varón) senior de la facultad que es uno de los más amables y brillantes investigadores de mi institución. Está rodeado por un grupo de mujeres jóvenes con quienes trabaja y de las que ha sido su mentor. La mayoría son brillantes, creativas y productivas por derecho propio, pero no buscan desesperadamente disociarse de él, fundar sus pequeños feudos en algún otro lugar y ganarle en su propio juego.

A riesgo de sonar simplista, no puedo evitar la sensación de que trabajar en grupo es una tendencia innatamente femenina. Lo que es más importante, no puedo evitar creer que esta manera de funcionar es en último término más científicamente productiva que el impulso masculino tradicional de trazar la propia "identidad" e "independencia".

Desgraciadamente, una de las leyes no escritas del mundo académico y que no ha sido cuestionada por el comité en el que trabajo, es que un candidato que no busca y logra el santo grial de la "independencia" no está calificado para obtener una promoción. Casi cada vez que una candidata mujer se presenta frente al comité, se cuestiona su "independencia" de una manera que es irrelevante, si no insultante. Más triste aun es el hecho de que quienes adhieren a este paradigma masculino y lo aplican más estrictamente son los escasos ejemplos de mujeres que han logrado "abrirse paso" en el mundo de los varones y cumplir funciones en el comité. "Si yo lo hice, ¿por qué ella no?", parecen decir.

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En la mayoría de los casos, las mujeres son tan inteligentes como los hombres, si no más. Pero la mayor parte ha escogido trabajar en grupo con sus mentores o con sus esposos, que a menudo trabajan en los mismos campos. Aunque generan tantas ideas como sus colegas varones, son estos últimos quienes van a las reuniones y presentan los resultados de la investigación del grupo. En mi opinión, esto refleja el impulso femenino, muy común, de ceder lugar al impetuoso ego masculino, más que una deficiencia en su creatividad o "independencia".

Sin duda, hubo un tiempo en que hacerse cargo de los niños y de la familia era la única manera en que una mujer podía mostrar su compromiso con la ciencia. En muchos lugares esto ha comenzado a cambiar. Espero que llegue el tiempo en que haya tantas mujeres desarrollándose en el ámbito de las ciencias que esto signifique una mayor diversidad de modelos de comportamiento femenino en las entidades que deciden acerca de nuestras carreras profesionales. Esto estimularía una mayor simpatía y empatía hacia las diferentes necesidades e impulsos de mujeres y hombres, y una apreciación más profunda de que el paradigma masculino no es el único válido para vivir la vida y destacar en la ciencia.