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El dilema de los refugiados

Una de las razones por que los chipriotas griegos rechazaron el plan propuesto en abril último por el Secretario General de la ONU, Kofi Annan, para reunificar Chipre fue que una abrumadora mayoría de ellos sintió que no hacía justicia a los reclamos de los refugiados desplazados por la invasión turca de 1974. Esta fue también una de las pocas ocasiones en que la opinión pública internacional tuvo conciencia de que había un problema de refugiados en la isla, ya que poca gente sabía que todavía los había de aquella guerra.

Cuando Turquía invadió Chipre en 1974 después de un intento fallido de la junta militar griega de Atenas por llevar a cabo la Enosis (unificación con Grecia), cerca de 250.000 chipriotas griegos fueron expulsados de sus hogares. Algunos huyeron, presas del pánico ante el ejército invasor, y algunos fueron expulsados: la acostumbrada imagen llena de complejidades y problemas morales que surge en tales situaciones.

Aunque sobrepasada, la comunidad chipriota griega reaccionó con humanidad, solidaridad y prudencia. Inicialmente, se crearon campos para refugiados, pero el gobierno chipriota griego decidió que, si bien no renunciaría a los reclamos de los refugiados por retornar a sus hogares en el norte, haría lo posible por no dejarlos vegetando mientras tanto en los escuálidos campos.

No se creó ninguna agencia para refugiados apoyada por la ONU para ayudarles. En lugar de ello, con alguna ayuda internacional pero principalmente con sus propios recursos, la República de Chipre (un país pequeño y entonces no demasiado próspero que había sido devastado por la guerra) lanzó un programa de reasentamiento y rehabilitación como proyecto nacional. El gobierno ofreció préstamos para la construcción de viviendas. En muchos casos, los refugiados construyeron sus propias casas.