2

Cumplir la promesa de la genómica

VIENA – Para numerosas personas una promesa es una razón para esperar algo, una esperanza bien fundada sin exageraciones. Y es una promesa en este sentido la que vincula la ciencia con la sociedad: el público confía en que los avances científicos y tecnológicos son la clave para tener un mundo mejor, de menos incertidumbre, en el que las futuras generaciones puedan ser más felices, más sanas y vivir más.

Esta promesa nació hace cerca de 400 años, con la institucionalización de la ciencia moderna. Después de descubrir que las matemáticas se podían aplicar en el entendimiento del mundo físico, un pequeño grupo de filósofos naturales se orientó hacia el empirismo experimental con objetivos prácticos. Encabezada por esta minoría, la revolución científica arrasó en Europa y, después, en todo el mundo.

Chicago Pollution

Climate Change in the Trumpocene Age

Bo Lidegaard argues that the US president-elect’s ability to derail global progress toward a green economy is more limited than many believe.

En su Instauratio Magna, Francis Bacon, uno de los proponentes más articulados de la ciencia moderna, explicó la visión de un nuevo mundo, transformado mediante la investigación sistemática de los fenómenos naturales. Declaró que mediante la imitación y manipulación de la naturaleza se revelarían sus secretos, que podrían manipularse para mejorar las vidas de los seres humanos. El objetivo pragmático de Bacon de usar el entendimiento científico de las causas naturales para “realizar todas las cosas posibles” –lo que ahora se llama innovación– fue la promesa original de la ciencia a la sociedad, y constituyó el núcleo de la  era de la Ilustración.

Si bien muchas promesas de la ciencia se han cumplido –sobre todo la prolongación espectacular de la esperanza de vida humana y el tiempo de ocio– muchas otras no se han alcanzado o solo se han logrado en parte. Con todo, la confianza de la sociedad en la ciencia no ha disminuido. Los objetivos específicos han cambiado, pero la creencia generalizada de que el conocimiento científico transforma la vida de las personas –a medida que los factores culturales, educativos e institucionales convergen con las dinámicas industriales y tecnológicas– sigue bien arraigada.

Actualmente, la genética es la fuente principal de la promesa que representa la ciencia. Desde que James D. Watson y Francis Crick descubrieron la estructura del ADN en 1953, un volumen enorme de datos genéticos disponibles se ha identificado y han surgido nuevas formas de organización científica y modos de trabajar. En consecuencia, la genética ha conducido a la ciencia al inicio de la una nueva era de la Ilustración, en la que los individuos se conciben en términos de las relaciones entre sus datos genómicos únicos.

Este movimiento –la encarnación más reciente de la interminable búsqueda del progreso humano– plantea nuevos desafíos a la relación entre ciencia y sociedad. Como lo planteó provocadoramente el Museo estadounidense de Historia Natural en 2001 con la inauguración de su exhibición sobre genética: “La revolución genómica ha llegado –¿está usted listo?”

Por ejemplo, esta revolución sin duda conducirá a la ingeniería de la vida mediante la biología sintética, una perspectiva que no deja de ser polémica. Asimismo, la epigenética (el estudio de los cambios hereditarios en las funciones de los genes que ocurren sin alterar la secuencia del ADN) ha modificado el viejo debate entre naturaleza y crianza, al subrayar el carácter multidimensional de la relación entre desarrollo social y biológico. El creciente entendimiento de las modificaciones epigenéticas transgeneracionales, ya sean neurológicas o nutricionales, ha abierto nuevas perspectivas sobre la plasticidad del fenotipo (las características observables de un organismo), y los factores que podrían afectarlo. En consecuencia, ahora es claro que los estilos de vida de las personas no solo les conciernen a ellas.

Estos avances –y las preguntas a que dan pie– subrayan la necesidad de rediseñar el mapa de las ciencias. Es crucial un programa de investigación integrado que incluya las ciencias sociales a fin de garantizar que la promesa que representa la investigación genética beneficie a todos.

De hecho, una investigación como esa es integral para mejorar la calidad de los factores más importantes en el bienestar de  una sociedad: la salud, la educación y la ética. En efecto, un conocimiento más global del genoma personal puede generar un nuevo sentido de universalidad. Con un  mejor entendimiento de las relaciones interpersonales –desde el impacto que el estilo de vida individual podría tener en la salud de futuras generaciones hasta los efectos corrosivos de las desigualdades existentes y el riesgo concomitante de una nueva división genética –se podría crear una sociedad más sana y más igualitaria.

Sin embargo, hacer realidad esta visión requiere de tomar en consideración las diferentes elecciones que las personas hacen en una sociedad pluralista. Con este fin, la colaboración entre instituciones sociales y científicas ayudaría a romper las barreras lingüísticas y culturales, para asegurar que la revolución genómica sirva y no alinee el público, y por ende, pase la verdadera prueba de todo avance científico: pertinencia para la experiencia de la vida diaria. En un mundo caracterizado por múltiples crisis que se superponen, las personas tienen que percibir, entender e identificar lo que la genética tiene que ofrecer.

Fake news or real views Learn More

Cuando se le preguntó qué es lo que nos impide dormir con tranquilidad, el economista Amartya Sen  contestó: “Las tragedias que podemos evitar, las injusticias que podemos corregir”. Aplicar los avances científicos a la prevención de las tragedias y la reparación de las injusticias cumple la promesa central de la ciencia. El fortalecimiento del papel práctico de la genética es un paso esencial en esa dirección.

Traducción de Kena Nequiz