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La putinización de México

CIUDAD DE MÉXICO.– Antes de la reciente elección presidencial mexicana, el desinterés público por la situación del país era palpable. Los mexicanos de todos los sectores de la sociedad parecían preocupados por la profundización de la violencia, el anémico crecimiento económico, y el mediocre gobierno del Partido Acción Nacional (PAN). Con 60 000 personas muertas por la guerra contra el narcotráfico, los mexicanos –como los rusos pasados los primeros años de caótica transición democrática con Boris Yeltsin– optaron por una regresión política, sustentada en la nostalgia por el liderazgo de una mano firme, aunque corrupta.

Con la democracia ahora asociada a la anarquía, el caos y la inseguridad, el Partido Revolucionario Institucional (PRI), que dirigió México durante siete décadas hasta el año 2000, resultó beneficiado. El PRI prometió restablecer el orden y la previsibilidad, y reducir la violencia infligida por los cárteles de la droga, incluso si eso significa buscar un modus vivendi con ellos.

Los mexicanos obraron en consecuencia, castigando al PAN por su supervisión de una economía que ha crecido en promedio solo el 1,5% anual durante los últimos 12 años, así como por un nivel de inseguridad que México no vivía desde su revolución, hace 100 años. Pero tal vez lo más importante es que el PRI cosechó los beneficios de la mejor inversión que ha efectuado en los últimos años: la campaña de publicidad permanente que convirtió a su candidato, ahora presidente electo, Enrique Peña Nieto, en la figura política más popular de México.

Peña Nieto es producto de las dos redes de televisión que lo prepararon para el poder y luego lo impulsaron a la presidencia. La estrategia política del PRI fue esencialmente el modelo del «niño mimado»: bellas facciones, dinero a montones, y el apoyo de las redes de televisión y la élite prehistórica de México, que anhelaba el retorno al poder. En otras palabras, el ascenso de Peña Nieto representa una alianza de oligarcas, intereses creados monopólicos, las fuerzas del orden, y una población desilusionada con la democracia electoral.