Paul Lachine

La parodia de Putin

MOSCÚ – La historia del régimen autoritario en Rusia muestra una cierta regularidad deprimente. Tales regímenes raramente mueren por choques externos o por presión de la oposición. Por regla general, mueren inesperadamente de algún trastorno interno –por un disgusto existencial irresistible con ellos mismos o por agotamiento propio.

El régimen zarista soportó muchas duras pruebas durante su larga historia: revueltas de campesinos, conspiraciones y la alienación de las clases educadas. En enero de 1917, desde el exilio suizo, Lenin comentó con amargura y desesperanza que: “Nosotros los viejos, dudosamente viviremos las batallas decisivas de la próxima revolución. Pero…los jóvenes tal vez tendrán la suerte no sólo de pelear, sino de ganar finalmente la próxima revolución proletaria.” En marzo siguiente, sin embargo, el zar Nicolas II se vio obligado a abdicar.

El secretario general, Yuri Andropov, murió en 1984, dejando un país limpio de disidentes. Pero cuando varios años después, uno de sus ex primeros secretarios regionales, es decir Boris Yeltsin, firmó un decreto que prohibía el Partido Comunista, ninguno de los 18 millones de miembros del partido salió a las calles a protestar.

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