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La impotencia de los poderosos

NUEVA YORK – Las elites están sitiadas en cada rincón del planeta. Los activistas del "Tea Party" en las zonas residenciales acomodadas de Estados Unidos despotrican y se enfurecen contra las llamadas elites liberales de Nueva York, Washington y Hollywood. En Europa, los demagogos populistas, como Geert Wilders en Holanda, despotrican y se enfurecen contra los "apaciguadores" elitistas del Islam. En Tailandia, los manifestantes de camisas rojas de la zona rural del noreste del país despotrican y se enfurecen contra las elites militares, sociales y políticas de Bangkok.

El primer principio de la democracia es que el gobierno debe basarse en el consentimiento popular, incluso si el gobierno está conformado por partidos por los cuales mucha gente no votó. Resulta evidente a partir de la furia global contra los gobiernos electos que este consentimiento se está deshilachando peligrosamente. Son cada vez más las personas en países democráticos que no se sienten representadas y que manifiestan sentimientos de ansiedad y enojo. Y que culpan a las elites.

El fenómeno es mundial, pero sus causas difieren de un país a otro. El populismo norteamericano no es el mismo que el populismo tailandés. La cultura y la raza juegan papeles importantes en Estados Unidos -la cultura de portar armas, por ejemplo, y el malestar de tener un presidente negro educado en Harvard que habla como un profesor de leyes.

En Tailandia, la furia se origina en la percepción de que la clase gobernante, respaldada por las grandes empresas, el ejército y el rey, desatiende a los pobres rurales. El multimillonario populista y ex primer ministro Thaksin Shinawatra parecía diferente. Usó parte de su enorme riqueza para derramar dinero en las zonas rurales. La población rural, agradecida por esta generosidad, votó por él en dos oportunidades.