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El poder de los sin poder en China

LONDRES - Tan pronto como terminé de leer un artículo que se ensalzaba a Vaclav Havel, el dramaturgo que se convirtiera en disidente, revolucionario pacífico y presidente, y que acababa de morir, dos noticias posteriores pusieron en contexto la su extraordinaria carrera: la muerte de Kim Jong-il, adicto a la pornografía y líder supremo de la nuclear Corea del Norte y las protestas pacíficas contra la expropiación de tierras por los campesinos de Wukan, en la provincia de Guandong, sur de China.

Si Havel tuvo alguna vez momentos de duda acerca de su impacto positivo y duradero en el mundo, espero que fuera capaz de ver las noticias sobre Wukan antes de morir. En ese pueblo de 6000 pescadores se demostró de nuevo el "poder de los sin poder" que Havel promovía como medio para socavar los gobiernos totalitarios, y con una dignidad y disciplina tan enormes que han dado bríos en China como ninguna protesta desde  Tiananmen en la primavera de 1989.

En cierto sentido, Kim fue el anti-Havel, ya que no sólo carecía de escrúpulos morales, sino también la habitual preocupación dictatorial por cómo manejar un país. Su muerte me hizo recordar la de Mao Zedong, con toda la histeria de masas -real y fingida- que acompaña a la muerte de un dios autoungido.

Pero la muerte de Mao por lo menos puso fin a la era del cesarismo en China. Puesto que no tenía un hijo para sucederle, designó un politburó de cinco personas para hacer el trabajo. Sus miembros, que incluían a su sobrino, Mao Yuanxin, su amante, Zhang Yufeng y Jiang Qing, su última esposa, fueron tan incapaces de gobernar como Kim pero, tras el desastre de la Revolución Cultural, el antagonismo hacia ellos en las fuerzas armadas y otras instituciones del Estado era demasiado amplio como para que duraran en sus puestos. Junto con la Banda de los Cuatro (de los cuales Jiang Qing era miembro) fueron expulsados ​​en breve.