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La política de la sorpresa revolucionaria

DURHAM – Al prenderse fuego, a raíz de una confrontación humillante con la policía, el vendedor de verduras tunecino con título universitario Mohamed Bouazizi desencadenó una ola de protestas en todo el mundo árabe. Varios dictadores árabes que habían ocupado el poder durante decenios ya han sido desalojados de él o se han visto obligados a anunciar que se retirarán.

Pero quienes protestan en El Cairo, Túnez y Saná quieren mucho más. También desean una gestión eficaz de los asuntos públicos, reformas económicas para estimular el crecimiento, el desalojo de los colaboradores, derechos democráticos, libertad de religión (y tal vez también respecto de la religión): en una palabra, una transformación social completa.

En todas partes, los regímenes establecidos han opuesto resistencia. La inolvidable escena de partidarios de Mubarak cabalgando camellos y caballos y golpeando a manifestantes egipcios expertos en las nuevas tecnologías de la comunicación es una señal de que el orden antiguo no cederá sin combatir.

Las propias rebeliones pillaron desprevenidos a observadores expertos, incluso a dirigentes árabes. Si los Estados Unidos hubieran sabido lo que vendría a continuación, la Secretaria de Estado Hillary Clinton no habría observado, después de que estallaran las manifestaciones en Egipto, que el Gobierno de Egipto era “estable”. Los dirigentes árabes que ahora están colmando a su población con aumentos de sueldo y subvenciones de los precios de los alimentos lo habrían hecho antes, con lo que no habrían dado la impresión de vulnerabilidad.