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La peste de las transiciones

Resulta casi innecesario señalar que las dictaduras y la guerra son malas para la salud. Más de 20 millones de personas murieron de hambre durante el Gran Salto hacia Adelante de Mao; milones más perecieron bajo Lenin, Stalin y Hitler; Pol Pot asesinó a dos millones de camboyanos. No hay cifras disponibles acerca de los muertos a manos de los regímenes crueles que dirigen Burma, Afganistán y el Congo, pero con seguridad son enormes.

En los últimos diez años, más o menos, la paz y los frágiles inicios de la democracia han llegado a países atribulados como Sudáfrica, Mozambique, Rusia y otras naciones de la ex Unión Soviética. Millones de gentes obtuvieron derechos humanos y civiles esenciales. Ahora, para muchos la lucha principal consiste en encontrar un empleo decente para poder ganarse una vida digna.

Uno pensaría que la salud podría mejorar en los lugares que recientemente se han vuelto más democráticos. Sin embargo, no todo está bien en esos países. En muchos de ellos, la transición política y económica trajo padecimientos nuevos, tan terribles como los que vienen con la represión y la guerra.

Durante los 1980, tanto Mozambique como Sudáfrica, por ejemplo, se salvaron en buena medida de la epidemia de VIH que en ese entonces estaba devastando a Africa Oriental y Central. Mozambique estaba en guerra: las aldeas estaban aisladas y los trabajadores migratorios, que a la larga habrían de traer el virus al país, eran pocos. También Sudáfrica tuvo pocos casos antes de 1990, debido en gran parte a que los controles de flujos poblacionales impuestos a raíz del apartheid limitaban la migración proveniente de países donde existía el VIH.