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Las Filipinas se incorporan a la carrera asiática

MANILA – En 1980, mi padre llegó a los Estados Unidos para someterse a una operación del corazón, afectado por los rigores de su encarcelamiento por la dictadura de Ferdinand Marcos. La dictadura le ofreció un respiro, pero, cosa muy propia de ella, dependiente de sus caprichos. Tras haber sido condenado ya a muerte mediante fusilamiento por un tribunal irregular, mi padre se negó a levantar una bandera blanca. “La filipina”, insistió, “es digna de que se muera por ella”.

Tres años después, mi padre volvió a casa, no para morir, sino para infundir nueva vida a las desmoralizadas filas de la oposición a la dictadura. Su asesinato a su llegada al aeropuerto de Manila fue la prueba definitiva de la sinceridad de lo que había proclamado toda su vida.

En 1986, mis compatriotas desafiaron pacíficamente a los tanques de Marcos y demostraron su fe en sí mismos. Marcos huyó y se restableció la democracia sin derramamiento de sangre.

Mi madre, que entonces llegó a ser Presidenta, también lanzó un mensaje duradero: sólo se podía garantizar la democracia que habíamos recuperado a tan alto precio con un sólido compromiso de hacer que sus instituciones funcionaran.