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La impugnación del saber establecido

CAMBRIDGE – Cuando acabé mis estudios de licenciatura en 1974, tuve la fortuna de trabajar con Judah Folkman, de la Facultad de Medicina de Harvard. El Dr. Folkman tenía la teoría de que se podía detener el avance de los tumores cortando su fuente de alimentación. Indicó que los tumores emitían una substancia llamada factor de angiogénesis tumoral, que hace que los vasos sanguíneos crezcan hacia él, con lo que le aportan alimentación y eliminan sus desechos. Folkman formuló la hipótesis de que ese proceso, la angiogénesis, es decisivo para la supervivencia de un tumor.

Esa teoría contradecía profundamente el saber establecido. Los científicos que examinaron las comunicaciones de Folkman sobre sus investigaciones suvencionadas dijeron que los nuevos vasos sanguíneos se debían simplemente a la inflamación, pero Folkman perseveró y con el tiempo demostró que semejantes substancias químicas existen efectivamente. Actualmente, cuatro decenios después, se han utilizado dichas substancias para tratar a más de diez millones de personas con enfermedades neovasculares, como, por ejemplo, la degeneración macular y muchas formas diferentes de cáncer.

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Yo tuve una experiencia semejante cuando trabajaba en su laboratorio, al intentar aislar los primeros inhibidores del crecimiento de vasos sanguíneos (que eran substancias de gran peso molecular), para lo que hacía falta crear un bioensayo que nos permitiría observar la inhibición del crecimiento de los vasos sanguíneos en presencia de tumores.

Como los tumores tardan varios meses en crecer, hubo que crear sistemas biocompatibles que pudieran liberar lenta y continuamente proteínas y otras substancias de gran peso molecular en el cuerpo, cosa que los científicos consideraban imposible con la mayor convicción. Sin embargo, al cabo de dos años de trabajo, descubrí que podía modificar ciertos tipos de polímeros para liberar moléculas de casi cualquier tamaño durante un período de 100 días.

Durante varios años, muchos de los químicos e ingenieros más respetados dijeron que nuestro trabajo había de ser incorrecto. Las respuestas negativas tuvieron consecuencias prácticas, pues inhibieron mi capacidad no sólo para obtener subvenciones para investigación, sino también para obtener puestos universitarios (en vista, sobre todo, del carácter interdisciplinar de aquella labor, que entrañaba dificultades para encajar en un solo departamento universitario), pero perseveré y, paso a paso, abordé diferentes cuestiones decisivas, como, por ejemplo, la biocompatibilidad, la fabricación, la reproducibilidad de la liberación y la bioactividad. Actualmente, ya se han utilizado sistemas basados en esos principios para tratar a más de veinte millones de personas.

Otro sector del que empecé a ocuparme entrañaba la creación de nuevos materiales con polímeros. Trabajando en un hospital, vi que casi todos los polímeros utilizados en medicina procedían de objetos domésticos. Por ejemplo, los materiales utilizados en fajas para mujeres se utilizan en corazones artificiales por su duradera flexibilidad. Los polímeros de los rellenos de colchones se utilizan en implantes de senos. Sin embargo, ese método provoca con frecuencia problemas. Los corazones artificiales, por ejemplo, pueden provocar coágulos cuando la sangre choca con su superficie –el material de fajas– y esos coágulos pueden causar derrames cerebrales y la muerte.

Conque empecé a pensar que necesitábamos encontrar opciones substitutivas para resolver problemas médicos mediante una búsqueda diferente de la de materiales de ambientes domésticos. Estaba convencido de que los investigadores podían adoptar un método propio del diseño de la ingeniería: preguntarnos qué deseamos en realidad en un biomaterial desde el punto de vista de la ingeniería, la química y la biología y después sintetizar los materiales a partir de primeros principios.

Como prueba del principio, decidimos sintetizar una nueva familia de polímeros biodegradables, llamados polianhídridos, para uso médico. El primer paso fue el de seleccionar monómeros –los pilares de un polímero– que fueran inocuos para el cuerpo humano. Después sintetizamos dichos polímeros y descubrimos que, al cambiar su composición, podíamos hacer que duraran en el cuerpo durante un período que podía ser de días o de años.

Con Henry Brem, ahora jefe de neurocirujía en el Hospital Johns Hopkins, pensamos que podríamos utilizar dichos polímeros para administrar medicamentos localmente en el tratamiento del cáncer cerebral, pero tenía que recaudar dinero para ese proyecto, por lo que presenté solicitudes de subvenciones a organismos gubernamentales, que fueron examinadas por otros profesores. Sus exámenes fueron muy negativos.

En nuestra primera propuesta para solicitar una subvención, en 1981, los examinadores dijeron que nunca podríamos sintetizar los polímeros. Sin embargo, uno de mis alumnos de doctorado sintetizó los polímeros para su tesis doctoral. Enviamos de nuevo la propuesta para un nuevo examen, pero simplemente nos dijeron que seguirían sin financiar esa subvención, porque los polímeros reaccionarían con el medicamento, fuera el que fuese, que queríamos administrar.

Varios investigadores de nuestro laboratorio demostraron que no había reacción. Volvimos a enviar la propuesta para que la examinaran de nuevo; nos la devolvieron con el comentario de que los polímeros eran frágiles y se romperían. Aquella vez, otros dos investigadores abordaron el problema. Volvimos a enviar la propuesta revisada para que la evaluaran y entonces la razón de los examinadores para rechazarla fue la de que los nuevos polímeros no serían inocuos para hacer ensayos en animales o personas. Otro alumno de doctorado demostró que los polímeros eran inocuos.

Seguimos recibiendo exámenes semejantes durante mucho tiempo, pero en 1996 la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA) de los Estados Unidos aprobó el tratamiento: el primer tratamiento de cáncer cerebral aprobado en más de veinte años. Además, la aprobación por la FDA de quimioterapia local basada en polímeros creó un nuevo paradigma en la esfera de la administración de medicamentos, al contribuir a preparar el terreno para endoprótesis vasculares liberadoras de medicamentos y otros sistemas de administración local.

Algo similar ocurrió cuando, en el decenio de 1980, Jay Vacanti, cirujano del Hospital General de Massachusetts, y yo tuvimos la idea de combinar andamios de polímeros sintéticos y tridimensionales con células para crear nuevos tejidos y órganos. Una vez más, la idea fue recibida con gran escepticismo y resultó extraordinariamente difícil obtener subvenciones gubernamentales examinadas por otros pares. Actualmente, ese concepto ya ha llegado a ser una piedra angular de la ingeniería de tejidos y la medicina regenerativa y ha propiciado la creación de piel artificial para pacientes con quemaduras y úlceras dérmicas... y algún día –esperémoslo– la creación de muchos otros tejidos y órganos.

Mis experiencias no son excepcionales precisamente. Los científicos a lo largo de la Historia han tenido que luchar con frecuencia contra el saber establecido para validar sus descubrimientos. En tiempos modernos, el descubrimiento de los priones por Stanley Prusiner, el descubrimiento por Barry Marshall y Robin Warren de que las bacterias pueden causar úlceras pépticas y la determinación por Dan Shechtman de la estructura de los cuasicristales son sólo algunos ejemplos (todos ellos recibieron el premio Nobel por sus investigaciones).

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Las enseñanzas que de ello se desprenden son fáciles de entender, aunque difíciles de dominar: no creáis todo lo que leáis, estad dispuestos a impugnar los dogmas y reconoced que a corto plazo podéis pagar un precio por ello en vuestra carrera, aunque estéis en lo cierto, pero las recompensas del descubrimiento científico valen la pena: la tecnología avanza y gracias a ello el mundo puede llegar a ser mucho mejor.

Traducido del inglés por Carlos Manzano.