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La PC cumple 25 años

En agosto de 1981, IBM lanzó la computadora personal 5150. No era realmente la primera computadora personal, pero terminó siendo “La Computadora Personal”, y revolucionó no sólo los negocios, sino la manera como la gente miraba el mundo.

La PC de 1981 significó una ruptura con respecto al modelo de negocios previo de IBM, según el cual no vendía ordenadores, sino que los alquilaba. Con la 5150, IBM pasó a la producción en masa de un producto estandarizado, utilizando componentes producidos por otras compañías. “Big Blue” (como se conoce a IBM) permitió que otras compañías desarrollaran su software (siendo la más conocida de ellas una incipiente Microsoft.)

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Ninguna buena acción queda sin castigo: al crear la PC, IBM prácticamente se destruyó como compañía. Su innovación dio pie al surgimiento de una enorme cantidad de compañías nuevas y dinámicas, obligándola a reinventarse completamente para ser capaz de competir con ellas, en lo que es apenas un ejemplo de los efectos sociales transformadores de la PC.

Antes de 1981, los visionarios que pensaban acerca de los efectos de la tecnología sobre la sociedad creían que los ordenadores producirían una centralización del conocimiento y el poder. Era el mundo del Gran Hermano de George Orwell, la extrapolación de la experiencia del totalitarismo del siglo veinte. Los ordenadores potentes eran el camino a estados poderosos y corporaciones de negocios dirigidas de manera centralizada.

Al principio, la PC parecía prometer una recuperación del equilibrio en favor del individuo. La informática se volvió descentralizada, y la nueva flexibilidad produjo una sensación de que el control estaba alejándose de las grandes aglomeraciones de poder, se tratara de gobiernos o compañías. No es de sorprender que el triunfo de la PC pareciera estar acompañada de un renacer de la visión decimonónica del individualismo y el liberalismo clásicos.

La idea era que una persona podía comprar un ordenador y el software necesario para un fin específico (y cada vez más complejo) y generar de inmediato un resultado productivo. De hecho, dentro de unos pocos años las personas tendrían a su disposición en una pequeña máquina casi tanto poder de procesamiento como los mainframe 360 de IBM que habían revolucionado la informática centralizada en los años 60.

Sin embargo, este triunfo inicial de la PC (y las muy sustanciales ventas en los años 80) no cumplieron inmediatamente las esperanzas de que se produjera una transformación social y las personas obtuvieran más poder y autonomía. No parecía producir demasiadas mejoras en la eficiencia, a pesar de las enormes inversiones en tecnología de la información. En las empresas se desperdiciaron enormes cantidades de tiempo en pedidos informales de asistencia, obligando a que algunos trabajadores bien capacitados se convirtieran en gurús de la informática para ayudar a sus compañeros.

Por tanto, la desilusión inicial acerca de la productividad de la electrónica fue una demostración vívida de los límites del individualismo clásico. Únicamente con la interconexión de los años 90, sobre todo mediante la Internet, la PC pudo hacer realidad su potencial. De pronto, los economistas (espacialmente en los Estados Unidos) comenzaron a medir mejoras sustanciales en la productividad.

Nuevas formas de actividad (remates, enciclopedias y salas de conversación por Internet) reprodujeron en una dimensión mucho más amplia las interacciones de las personas individuales. Las PC interconectadas realmente crearon la sensación de un vibrante mercado social. Las personas podían realizarse, como en el viejo modelo del siglo diecinueve, pero sólo en la medida de que interactuaran con tanta gente como fuera posible. Estas interacciones, más que el individuo por si mismo, eran lo que creaba valor y ponía en marcha un proceso dinámico.

El potencial era atractivo, pero también terrorífico. La interconexión de las PC produjo temores acerca de los peligros potenciales del nuevo mundo. La gente sentía miedo de que virus informáticos malvados se diseminaran por el mundo y destruyeran información y programas en unas cuantas horas. Había un temor generalizado de que la dependencia de los ordenadores produjera una catástrofe en el cambio de milenio, y que los hospitales, los aviones, las matrices energéticas y las comunicaciones se paralizaran cuando el calendario pasara del año 1999 al 2000.

Estos traumas exigieron respuestas muy diferentes a las de los cambios tecnológicos previos. Las regulaciones gubernamentales fueron incapaces de manejar los problemas que implicaban, aunque fue útil, por cierto, determinar maneras de hacer que los piratas informáticos destructivos tuvieran responsabilidad penal. Tampoco servía de ayuda el que una sola compañía innovara. Para la solución se necesitaban iniciativas de colaboración general, de un tipo que correspondía más al antiguo republicanismo cívico que a las modernas ideas de poder centralizado o individuos aislados y autónomos.

Algunos observadores creen que hoy, tras un cuarto de siglo, esta interconectividad ha hecho que la PC quede obsoleta. Hay más aplicaciones de tecnología de la información y procesamiento en los teléfonos móviles y las máquinas inteligentes, cuya característica definitoria es que se comunican entre si.

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Sin embargo, la supuesta obsolescencia de la PC es en realidad una señal de lo básica que se ha convertido para una nueva visión de la sociedad. Necesitamos celebrar, publicitar y hacer propaganda sobre las innovaciones sólo cuando su éxito es cuestionable y antes de que hayan sido aceptadas por el público general.

En el siglo dieciocho, las prendas interiores de algodón baratas y lavables produjeron una revolución en la higiene, pero pronto fueron tan comunes que la revolución del algodón dejó de provocar entusiasmo. La PC se ha convertido en el equivalente moderno del algodón: se ha convertido en algo tan básico para nuestras vidas que, a pesar del hecho de que cada año se venden cerca de 200 millones de unidades, hoy simplemente genera un bostezo electrónico. Pero, al igual que la revolución del algodón, la verdadera medida de las transformaciones sociales y políticas iniciadas por ella sólo se hará evidente después de transcurrido un buen tiempo.