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El pasado nunca ha pasado

PARÍS – La relación de una nación con su pasado es decisiva para su presente y su futuro, para su capacidad de “seguir adelante” con su vida o para aprender de sus errores a fin de no repetirlos. Existe el pasado que “no está muerto y enterrado; en realidad, no es siguiera pasado”, según la famosa frase de William Faulkner. Un pasado así bloquea obsesivamente cualquier posible evolución hacia una necesaria reconciliación con uno mismo y un enemigo anterior o actual.

Un pasado así resulta dolorosamente visible hoy, por ejemplo, en los Balcanes, un mundo en gran medida paralizado por una dolorosa fijación en los conflictos que desgarraron la región en el decenio de 1990. Todavía perdura en toda la región –en grados diferentes, seamos justos– una incapacidad absoluta para tener en cuenta el punto de vista del otro y superar una sensación de martirio colectivo.

Lo que los Balcanes necesitan en la actualidad no son historiadores ni expertos en ciencias políticas, sino psicoanalistas que puedan ayudarlos a transcender su pasado en pro del presente y del futuro. Es de esperar que el prometido ingreso en la Unión Europea constituya la mejor “cura psicoanalítica”.

Con esa visión paranoide del pasado contrasta un pasado enterrado bajo el silencio y la propaganda, un pasado que no se aborda, sencillamente, y se mantiene como una herida secreta que se puede volver a abrir en cualquier momento. Naturalmente, el de no abordar el pasado no es un privilegio exclusivo de los regímenes no democráticos. Más de treinta años después de la desaparición de la larga dictadura de Francisco Franco, España ha de afrontar las sombras de un pasado que optó deliberadamente por no afrontar. Ese pasado supuestamente enterrado ha estado siempre ahí, listo para hacer erupción con más fuerza aún, una vez que se aminoró o se interrumpió el milagro económico.