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La charada de Palin

Nueva York – La selección de Sarah Palin como candidata a la vicepresidencia con McCain ha caído sobre los Estados Unidos como una tormenta eléctrica. Para sus legiones de admiradoras de derechas que agitan pintalabios, Palin es una “mamá común y corriente”, mujer práctica y temerosa de Dios, cuyas afición a la caza del alce y fe evangélica e incluso su caótica vida familiar constituyen pruebas, todas ellas, de que es una americana real y típica.

Para sus detractores, igualmente frenéticos, de izquierdas –y cada vez más de centro–, es un temible heraldo de unos Estados Unidos teocráticos, una ejecutora en materia de asuntos estatales de estilo mafioso, que miente sobre la conexión de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 con el Iraq, se burla de Barack Obama por su oposición a la tortura de prisioneros y desafía las citaciones. Piénsese en ella como George W. Bush II, pero con zapatos de diseño.

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Los dos grupos están reaccionando ante realidades auténticas. Los que la apoyan responden a un potente conjunto de símbolos y sus detractores a un conjunto aún más potente de hechos.

Es importante entender el atractivo simbólico de Palin para cierto grupo de votantes femeninas y debemos respetar la rabia y el ansia que refleja. El subtexto de dicho atractivo es la clase social.

Las mujeres blancas de clase trabajadora en los Estados Unidos han sufrido la explotación e infravaloración de sus talentos desde el nacimiento de la nación. Mientras que las mujeres blancas acomodadas o las mujeres de cualquier origen que consiguieron obtener una instrucción de calidad –las Hillary Clinton, Madeleine Albright y Condoleezza Rice de los Estados Unidos– rompieron el techo de cristal que tenían por encima e incluso tienen el movimiento de las mujeres para encumbrarlas, las mujeres blancas de clase trabajadora han contemplado su ascenso con un resentimiento comprensible.

Sus pares más acomodadas contratan a mujeres como ellas para hacer el trabajo sucio o, si no, han tenido que aceptar el estancado salario mínimo del gueto del sector femenino o del sector de los servicios del mercado laboral estadounidense. Su techo está hecho de cemento y queda muy bajo, por lo que limita sus talentos y su movilidad. Por encima de todo, han quedado excluidas, practica y simbólicamente, del discurso político del país y los políticos suelen tratarlas con condescendencia.

También la raza es un factor. Aunque están saliendo a la luz informaciones de que Palin dijo a un grupo de afroamericanos que no tenía la obligación de contratar a personas negras, las mujeres blancas de clase trabajadora con frecuencia conciben su propia experiencia desde el punto de vista de la hostilidad racial. Notan la existencia de una clase inferior que recibe –están convencidas de ello– prestaciones sociales que a ellas se les deniegan y de una economía próspera en el mundo en desarrollo que se queda con puestos americanos bien pagados de trabajo manual.

Por eso, cuando Sarah Palin acapara la atención de los medios de comunicación, se convierte en la fantasía de revancha simbólica de muchas de esas trabajadoras de fábricas y secretarias agotadas y silenciadas. Ver a una mujer blanca de clase trabajadora elegida para prestar servicio a la distancia de un latido de corazón del Presidente de los EE.UU. ejerce una potente resonancia en ellas. Piénsese en el atractivo de películas como Thelma and Louise o Working Girl , en las que la protagonista es una secretaria explotada y con agallas que, pese a verse pisoteada por una presuntuosa jefa que ha estudiado en una de las mejores universidades del país, al final consigue su empleo soñado, el novio soñado y un despacho propio.

Prácticamente cualquier mujer que no tenga un origen social privilegiado, que tenga hijos pequeños en casa y no sea una caníbal o una adepta al satanismo había de obtener al principio clamores de aprobación por parte de las mujeres en general y, desde luego, por parte de un grupo que se ha visto silenciado y trivializado durante tanto tiempo. Cuando te has pasado toda la vida preparando café para los demás, resulta agradable imaginarte dirigiendo el mundo libre.

Ahora bien, la pérdida de puestos en los índices de aprobación de Palin muestran que, si bien esa clase de mujeres se entusiasman con la validación simbólica, no son tontas. Han empezado a advertir que Palin aparece presentada como una modelo en una exhibición de automóviles para que conozca a jefes de Estado, como si fueran vendedores de coches locales, y que se permite a los medios de comunicación tomar fotografías, pero no hacer preguntas (“¡Ésa soy yo con Henry Kissinger!”). También advierten que la economía está desmoronándose, mientras que el Iraq se está calmando sólo porque los EE.UU. están pagando a los insurgentes y a los simpatizantes de Al Qaeda el equivalente de la letra mensual de un coche comprado a plazos por persona para que no maten a sus soldados.

Además, a medida que cobra forma el personaje político de Palin, resulta cada vez más alarmante. El problema no es sólo que la campaña de McCain la haya rodeado de veteranos de la camarilla de Bush-Cheney (los acólitos y agentes de Karl Rove ahora le escriben los discursos y dirigen cada uno de sus movimientos), sino que, además, cree que Dios estableció su programa legislativo en Alaska y que, por lo que se refiere a viajes al extranjero, no ha pasado del canal de televisión Discovery.

Entretanto, el gran motivo de preocupación es que, según están confirmando los dermatólogos, el tipo de cáncer para el que McCain ha recibido tratamiento tiene en una persona de su edad una tasa de supervivencia desde el punto de vista actuarial de entre dos y cuatro años. De modo que, a medida que la preocupante perspectiva de una larga presidencia Palin empieza a instaurarse, ya no parece tan estupenda a las mujeres blancas de clase trabajadora.

Así, pues, ¿qué nos enseña esa breve burbuja Palin?

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Al pasar a ser la chica del cartel para la continuación con otro nombre del gobierno de Bush, Palin está demostrando que tiene mucho en común con brillantes populistas falsas como Eva Perón o la dirigente antiinmigración danesa Pia Kjaersgaard. Lo que debemos aprender –para la próxima vez y para cualquier ocasión futura– es que se está pasando por alto a las grandes dirigentes potenciales que hay en las mujeres que preparan nuestra comida, tramitan nuestros pedidos por Internet y limpian nuestros hospitales y los grandes sueños que albergan.

Las voces de esas mujeres son las que merecen apoyo… no la de una aterradora candidata de paja para otros ocho años más (o más) de gobierno de los matones que han saqueado la hacienda de los Estados Unidos, han hundido su economía y han enviado a 4.000 jóvenes valientes a morir en una guerra basada en mentiras.