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La búsqueda oficial de la felicidad

CAMBRIDGE – En un momento de presupuestos ajustados y crisis financiera, los políticos hoy miran al crecimiento económico como la pieza central de sus programas de políticas internas. Se considera al producto bruto interno como el indicador principal del bienestar nacional. Pero, si analizamos el año 2011 y más allá, deberíamos preguntarnos: ¿es realmente acertado asignarle tanta importancia al crecimiento?

Es cierto, muchos estudios confirmaron que las naciones más solventes tienden a ser más felices que las pobres, y que la gente rica normalmente está más satisfecha que sus compatriotas menos adinerados. Sin embargo, otros hallazgos de varios países a los que les va relativamente bien, como Corea del Sur y Estados Unidos, sugieren que la gente allí básicamente no está más feliz hoy que hace 50 años, a pesar de que se duplicó o se cuadruplicó el ingreso promedio per capita.

Es más, en un reciente estudio canadiense, se determinó que la gente más feliz residía en las provincias más pobres, como Newfoundland y Nova Scotia, mientras que los ciudadanos en las provincias más ricas, en particular Ontario y British Columbia, figuraban entre los menos felices. Como la felicidad, en definitiva, es lo que más quiere la gente, mientras que la riqueza es sólo un medio para alcanzar ese fin, la prioridad que hoy se le adjudica al crecimiento económico parecería ser un error.

Lo que parece claro a partir de esta investigación es que la gente no sabe predecir acertadamente qué la hará feliz o la pondrá triste. Las personas se concentran demasiado en sus respuestas iniciales a los cambios en sus vidas y pasan por alto lo rápido que se desvanece el placer de un auto nuevo, un aumento de sueldo o un traslado a climas más soleados, cosas que nos las hacen más felices que antes. Es peligroso, entonces, que los políticos se confíen simplemente en las encuestas de opinión y los grupos de enfoque para descubrir qué es lo que verdaderamente mejorará la felicidad de la gente.