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La sorpresa de Obama

NUEVA YORK – Las elevadas expectativas que rodean a la presidencia de Barack Obama, en general, son algo bueno, ya que nos recuerdan que gran parte del sentimiento antinorteamericano que hoy es tan evidente en todo el mundo no es ni necesita ser permanente.

Sin embargo, estas expectativas también son un problema para Obama, ya que será difícil -y, en algunos casos, imposible- que pueda satisfacerlas. No habrá ningún estado palestino esta primavera (boreal); tampoco habrá un pacto sobre cambio climático global ni un nuevo acuerdo comercial ni un fin a la pobreza o al genocidio o a la enfermedad en el futuro cercano.

Las razones van más allá de la realidad de que los grandes logros requieren de tiempo y esfuerzo. El futuro presidente enfrenta limitaciones extraordinarias -limitaciones que demandarán que otros países tengan un rol más activo si es que la estabilidad y la prosperidad han de ser la norma y no la excepción.

La limitación más obvia surge del estado de la economía norteamericana. Desaparecieron dos millones de empleos sólo en los últimos cuatro meses. El mercado inmobiliario sigue deteriorándose. El PBI de Estados Unidos se está contrayendo a un ritmo casi sin precedentes.

En consecuencia, Obama no tendrá otra alternativa que dedicar la mayor parte de su tiempo y atención a revivir la economía. Más que cualquier otra cosa, su éxito en este terreno determinará la percepción que se tenga de su administración. El mismo reconoce que esto le exigirá postergar el cumplimiento de otras varias promesas de campaña.

Una segunda limitación surge de todas las crisis que recibirán al nuevo presidente. Israelíes y palestinos están librando una guerra de bajo nivel. La situación en Irak está mejorando pero, en absoluto, está garantizada. Obama puede tener que elegir entre atacar las instalaciones nucleares de Irán y convivir con un Irán que tiene la capacidad de construir un arma nuclear en cuestión de semanas. El gobierno de Afganistán está perdiendo terreno en su lucha contra un talibán resucitado. Pakistán, que posee decenas de armas nucleares y es refugio de los terroristas más peligrosos del mundo, podría convertirse en un estado en bancarrota, al igual que la nuclearmente armada Corea del Norte. Muchos de estos desafíos no son tanto problemas que resolver como situaciones que manejar.

Una tercera limitación surge de las tendencias en el sistema internacional. La era de la unipolaridad norteamericana terminó. Obama heredará un mundo en el que el poder en todas sus formas -militar, económico, diplomático y cultural- está mucho más repartido que en cualquier otro momento antes. Esto implica que tendrá que lidiar con un número importante de amenazas, vulnerabilidades y actores independientes que quizá se resistan a inclinarse ante la voluntad de Estados Unidos.

Todo esto hará que a Estados Unidos le resulte más difícil lograr que se hagan cosas en el mundo -y que a Obama le cueste poder satisfacer las expectativas depositadas en él- sin la ayuda activa de los demás. Y dado que Obama querrá cumplir con algunas de esas expectativas, es mejor que otros países estén preparados para recibir pedidos -y presión- de parte de Estados Unidos para que actúen junto con él y no en su contra, o para que no se sienten de brazos cruzados.

China recibirá presiones para revaluar su moneda (que hoy se mantiene en niveles artificialmente bajos) de manera que las exportaciones chinas sean más costosas y las importaciones de otros países (inclusive Estados Unidos), más baratas. Y se esperará que China y otros países en desarrollo contribuyan a reducir las emisiones de carbono y desacelerar el ritmo del cambio climático global.

Los países europeos deberían estar preparados para que Estados Unidos los inste a ser más activos a la hora de hacer frente al creciente desafío de seguridad en Afganistán. Lo que está en juego es la relevancia de la OTAN en un mundo en el que los principales desafíos de seguridad a los que se enfrenta Europa se encuentran fuera de la zona del tratado de la OTAN.

Los países de todo tipo serán invitados a hacer su parte para superar los obstáculos a un nuevo acuerdo comercial global. Tendrán que derribarse las barreras arancelarias y no arancelarias. A los países ricos se les pedirá que reduzcan los subsidios; a los países pobres, que abran sus mercados. 

A los líderes árabes que critican a Estados Unidos por lo que consideran deficiencias de sus políticas hacia Oriente Medio se les preguntará, a su vez, cuánto más están dispuestos a hacer para apuntalar al gobierno en Irak. Una vez que ceda el combate entre Israel y Hamas, seguramente surgirá el interrogante de qué harán los estados árabes para fortalecer a los moderados palestinos y hacer las paces con Israel.

Rusia y China deberían estar preparadas para recibir una enorme presión de parte de Obama para desalentar más activamente a Irán de continuar con el enriquecimiento de uranio. Esto incluirá reclamos de mayores sanciones políticas y económicas, y es de imaginar, incluso, un respaldo para un uso limitado de la fuerza militar para reforzar las sanciones.

Esta lista es extensa, pero fácilmente podría ser mucho más larga. El resto del mundo muchas veces se mostró disconforme con George W. Bush, tanto por el contenido como por el estilo de su política exterior. Ahora otros descubrirán que la alternativa a que Estados Unidos actúe por su cuenta o se retire de la escena global es un multilateralismo real, que exige su voluntad y su capacidad a la hora de comprometer recursos para hacer frente a los desafíos apremiantes. Obama probablemente sea más diplomático que su antecesor, pero quizá también sea más exigente.