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La pistola que no humeaba

CIUDAD DE MÉXICO – En estos días, todo el mundo tiene –o tendrá pronto– su cable diplomático americano favorito, en vista de que en los 250.000 documentos obtenidos por WikiLeaks figuran referencias a casi todos los países del mundo. En el caso de América latina, WikiLeaks ha aportado hasta ahora datos interesantes –tanto de cotilleo como substanciales– sobre el Brasil y la Argentina, análisis interesantes y de primera calidad relativos a Honduras, Bolivia y México y algunas notas curiosas sobre la política regional y las relaciones internacionales.

No se ha revelado nada extraordinario, pero los cables de que ahora se dispone permiten a los lectores y los analistas sacar algunas conclusiones preliminares acerca de las opiniones del gobierno de Obama sobre la región, sobre actitudes de los dirigentes de América Latina para con los Estados Unidos y sobre la calidad de las actividades diplomáticas y de recogida de datos en el hemisferio: nada del otro mundo, pero mucho digno de comentario.

Ha habido algunos documentos notables, aunque no muchos. Uno es, claramente, la nota escrita por Hugo Llorens, embajador de los EE.UU. en Honduras, el 24 de julio de 2009, inmediatamente después del golpe de Estado que exilió al Presidente Manuel Zelaya. El diplomático americano entendió bien lo ocurrido, sus consecuencias y cómo se debía actuar para que el gobierno entrante de Barack Obama abordara de forma inteligente –y distinta de las del pasado– una de sus primeras crisis en América Latina. Un golpe era un golpe, no se podía aceptarlo y, por provocativo que hubiese sido Zelaya, la única postura posible de los EE.UU. era su vuelta incondicional al poder.

Otro cable impresionante fue enviado el 17 de noviembre de 2009 por Charles H. Rivkin, embajador de los EE.UU. en Francia, sobre la competencia entre empresas francesas y la Boeing por un contrato, cuyo importe ascendía a decenas de miles de millones de dólares, para suministrar aviones de caza al Brasil. Los autores lo entendieron perfectamente: el Presidente francés, Nicolas Sarkozy, estaba haciendo todo lo posible para concertar el trato, incluidos el apoyo al Presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, en asuntos interesantes para él, y la aceptación de las condiciones tecnológicas, jurídicas y militares impuestas por el Brasil a las empresas francesas, principalmente el fabricante de armamento Dassault.