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El nuevo orden de Oriente Medio

En algún momento de este mes, el presidente George W. Bush anunciará -a regañadientes- una nueva política para Estados Unidos en Irak. Se necesita una nueva política no sólo para detener la caída de Estados Unidos en la impotencia mientras intenta impedir que Irak entre en una espiral que derive en una guerra civil de gran escala, sino también porque el mapa del poder en Oriente Medio cambió drásticamente.

Ese mapa ha sufrido un flujo constante en los últimos 60 años, durante los cuales los principales actores -Egipto, Irak, Arabia Saudita, Siria, Israel e Irán- formaron y rompieron alianzas. Ahora está surgiendo algo parecido a una línea divisoria, y si Bush finalmente empieza a entender la dinámica de la región, tal vez pueda diseñar una política con posibilidades de éxito.

Este realineamiento regional se caracteriza por el surgimiento de una alianza de facto que no se atreve a decir su nombre. Israel y Arabia Saudita, aparentemente los aliados más improbables, se unieron para contener a su enemigo común: Irán, con su creciente influencia en Irak, el Líbano y Palestina. Irán no sólo amenaza a Israel (y a la región) con su deseo de contar con capacidad nuclear y con sus militantes chiítas que actúan por poder; también pretende usurpar el papel tradicional de los regímenes árabes sunitas moderados como los defensores de los palestinos.

Después de décadas de utilizar la preocupación por la causa palestina para generar apoyo popular para sus propios regímenes ineficientes y antidemocráticos, estos líderes árabes moderados hoy quedaron a la defensiva por la búsqueda de hegemonía de Irán. Si Irán logra que lo consideren el protector genuino de las aspiraciones nacionales palestinas, también logrará legitimar su reclamo de predominio en Oriente Medio.