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La nueva moda francesa en derechos civiles

NUEVA YORK – Primero los suizos prohíben los minaretes. Ahora el parlamento francés quiere prohibir que las mujeres musulmanas usen la burqa -la vestimenta que cubre totalmente el cuerpo y el rostro en los países árabes ortodoxos, y ahora adoptada por algunos no árabes ortodoxos- en lugares públicos. El hijab, el pañuelo que usan algunas mujeres musulmanas, ya está prohibido en las escuelas públicas francesas, donde la exhibición ampquot;ostentosaampquot; de cualquier simbolismo religioso está prohibida. La burqa, sin embargo, es usada con mucha menos frecuencia en Francia -aproximadamente por unas 1.900 mujeres entre casi seis millones de musulmanes, casi ninguna de ellos proveniente de un país donde el uso de la burqa es tradicional.

La razón por la que los parlamentarios franceses, desde los comunistas a los conservadores, respaldan esta prohibición es un consenso general de que usar la burqa va ampquot;en contra de los valores de la Repúblicaampquot;. Como dijo enfáticamente el presidente francés, Nicolas Sarkozy, la burqa ampquot;no es bienvenida en Franciaampquot;.

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A los inmigrantes que se cubren el rostro se les ha negado la ciudadanía francesa por ese motivo. Las feministas, entre ellas algunas mujeres provenientes de contextos musulmanes, han respaldado la prohibición, porque consideran que la costumbre es degradante. Un miembro comunista del parlamento, André Gerin, advirtió que el terrorismo y el extremismo ampquot;se escondían detrás del veloampquot;.

Por cierto, sólo los socialistas se negaron a votar a favor de la resolución parlamentaria. A ellos tampoco les gusta la burqa, pero no creen que la legislación sea la mejor manera de combatirla.

Creo que los socialistas tienen razón. Más allá del hecho de que el gobierno francés enfrenta cuestiones más serias que los hábitos de vestimenta de una pequeña cantidad de mujeres, está la cuestión de la libertad individual.

Algunas mujeres, de hecho, pueden verse presionadas por sus familiares o sus pares a cubrirse de arriba a abajo. Lo mismo es válido para las mujeres judías ortodoxas que deben afeitarse la cabeza y usar peluca cuando se casan. No resulta evidente a simple vista por qué la ortodoxia judía o algunas formas extremas de ortodoxia cristiana deberían ser más compatibles con los valores de la República, mucho menos el feminismo, que el salafismo musulmán. Aún así, no se debería obligar a ninguna mujer a cubrirse de la cabeza a los pies.

Ahora bien, ¿se la debería obligar a no hacerlo? Una mujer francesa, que adoptó la burqa absolutamente por propia voluntad, protestó: ampquot;Se supone que Francia es un país libre. Hoy en día, las mujeres tienen derecho a sacarse la ropa, pero no a ponérselaampquot;. Otra mujer que se manifestó en contra dijo: ampquot;Si nos la hacen sacar, nos estarán sacando una parte nuestra. Preferiría morir a permitir que lo haganampquot;.

Algunos musulmanes, entre ellos clérigos, sostienen que cubrir los rostros de las mujeres, en realidad, no es una tradición musulmana. El imán egipcio, el jeque Mohammed Tantawi, quiere prohibir el uso de velos que cubren la cara en las escuelas egipcias. Pero, aún así, sigue sin haber motivo para que a las mujeres francesas no se les permita entrar en una oficina de correo, un banco, una escuela o cualquier otro lugar público vestida con una burqa. Interpretar la tradición islámica no es parte del estatuto del gobierno francés.  

Uno podría tener la opinión de que los gobiernos nacionales deben hacer cumplir las leyes, no los valores. Pero, mientras que la mayoría de las democracias son menos proclives que la República francesa a imponer ampquot;valores nacionalesampquot; a otros ciudadanos, la ley tampoco puede estar totalmente divorciada de los valores compartidos. El hecho de que los europeos puedan casarse con un solo cónyuge es una norma tanto legal como cultural. Y las opiniones sobre discriminación sexual, de género y racial, que cambian con el tiempo, también se reflejan en las leyes.

Siempre existe un delicado equilibrio, sin duda, entre las opiniones generalizadas y las libertades individuales. Tal vez aún haya quienes condenan la homosexualidad, pero son pocos los europeos que todavía quieren que se la prohíba por ley.

En términos generales, las prácticas individuales, siempre que no afecten a los demás, deberían permitirse, aún si a mucha gente no le gustan. Quizá no sea aconsejable que aquellas mujeres que desempeñan cargos públicos -juezas, maestras o policías, por ejemplo- se cubran el rostro. Pero se pueden imponer códigos de vestimenta para ciertos empleos, sin prohibir un tipo de vestimenta para todo el mundo. Después de todo, tampoco tenemos juezas y maestras que usen bikini en el trabajo.

Hay otra razón, práctica, por la que la prohibición de la burqa es una mala idea. Si hablamos seriamente sobre la integración de los inmigrantes a las sociedades occidentales, se los debería alentar a desplazarse en público lo más posible. Prohibir la burqa obligaría a esta pequeña minoría de mujeres a quedarse en casa, y ser aún más dependientes de sus hombres para hacer frente al mundo exterior.

¿Qué debería hacerse, entonces, con aquellas prácticas que no se consideran liberales, si no las prohibimos? A veces es mejor no hacer nada. Vivir con valores que uno no comparte es un precio que hay que pagar por vivir en una sociedad pluralista.

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Asegurarse de que todos los ciudadanos reciban una buena educación puede ayudar a reducir los potenciales motivos de conflicto. Lo mismo sucede con el sentido del humor. Esto no tiene por qué ser hostil, como en el caso de las caricaturas del periódico danés. Uno de los anuncios más ocurrentes en el mercado hoy es el de una marca de lencería alemana. El comercial muestra a una mujer hermosa desnuda, posando frente al espejo y disfrutando el placer de calzarse unas seductoras bragas negras y unas medias negras con ligas -antes de cubrirse con una burqa negra-. Lo único que vemos, cuando la mujer mira por la ventana, son sus ojos, delicadamente delineados con rimel. ¿El mensaje? ampquot;Erotismo para todos: en todas partesampquot;.

No sólo tiene sentido del humor y está bien producido, sino que, en base a mis observaciones en Oriente Medio, este anuncio también es un reflejo preciso de la realidad. Es absolutamente posible imaginar, como hace el diputado comunista francés, que una mujer vestida con una burqa esconde una agenda extremista o terrorista. Lo mismo puede ser válido para un hombre vestido de jeans o una mujer con un traje de ejecutiva. Lo que muchas veces olvidamos es que la persona promedio dentro de una burqa es, además, simplemente una mujer.