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Una nueva ojeada al Estado-nación

Se ha puesto de moda afirmar que el Estado-nación ha perdido su lugar. Se dice que la globalización significa que las naciones ya no controlan sus propios asuntos. Se deben unir a otras, como en la Unión Europea o la ASEAN o el Mercosur, y deben apoyarse cada vez más en instituciones globales como las Naciones Unidas, el Banco Mundial y la Organización Mundial del Comercio.

Pero esa opinión es riesgosa. En efecto, al analizarla cuidadosamente resulta ser dudosa, si no es que sencillamente equivocada. El Estado-nación con sus puntos fuertes y sus debilidades está vivo y sano.

Para empezar con sus puntos fuertes, el Estado-nación sigue siendo el único espacio político en el que prospera la constitución de la libertad. Las credenciales democráticas de organizaciones como la UE son dudosas y en el caso de las Naciones Unidas y otras instituciones mundiales están totalmente ausentes. Además, a pesar de la frecuente búsqueda de nuevas identidades, ya sea la europea, la latinoamericana u otras, y de muchas referencias a un nuevo cosmopolitanismo o incluso una "sociedad civil mundial", la mayoría de la gente se siente en casa en su propio país -el Estado-nación del cual son ciudadanos.

La migración es generalmente una migración hacia otras naciones. Muchos países debaten actualmente la integración de los migrantes. ¿Qué se necesita para ser británico o alemán o estadounidense? Tales debates sobre la inmigración sólo tienen sentido si reconocemos que la ciudadanía se define por y para las naciones.