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El mito del crecimiento autoritario

CAMBRIDGE –  En una reciente mañana de sábado, varios centenares de activistas pro democracia se congregaron en una plaza de Moscú para protestar por las limitaciones impuestas por el Gobierno a la libertad de reunión. Sostenían carteles en los que se leía “31”, en referencia al artículo 31 de la Constitución rusa, que garantiza la libertad de reunión. En seguida fueron rodeados por policías, que intentaron dispersar a los manifestantes. Un destacado crítico del Kremlin y otros más fueron conducidos precipitadamente hasta un coche de policía y alejados del lugar.

Sucesos así ocurren casi diariamente en Rusia, donde el Primer Ministro, Vladimir Putin, gobierna el país con mano de hierro y la persecución de los advesarios del Gobierno, las violaciones de los derechos humanos y los abusos judiciales han llegado a ser habituales. En un momento en que la democracia y los derechos humanos han pasado a ser normas mundiales, semejantes transgresiones no contribuyen precisamente a realzar la reputación mundial de Rusia. Los dirigentes autoritarios como Putin lo comprenden, pero, al parecer, lo consideran un precio que vale la pena pagar para ejercer un poder ilimitado en su país.

Los que los dirigentes como Putin comprenden menos bien es que su política compromete también el futuro económico y la posición económica mundial de sus países.

La relación entre la política de una nación y sus perspectivas económicas es una de los temas más importantes –y más estudiados– de todas las ciencias sociales. ¿Qué es mejor para el crecimiento económico? ¿Una mano rectora y fuerte que esté libre de las presiones de la competencia política o una pluralidad de intereses en competencia que fomenta la apertura a nuevas ideas y nuevos protagonistas políticos?