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El misterio moscovita de 2008

Por lo general, a esta altura del año, la gente se obsesiona con lo que nos deparará el año entrante. Pero en Rusia, la verdadera incertidumbre tiene que ver con el 2008, no el 2007. En realidad, hoy por hoy se podría reducir la política rusa a un solo interrogante: ¿El presidente Vladimir Putin se quedará en el poder después de 2008, a pesar de afirmar repetidamente que no lo hará? Y si efectivamente se baja de la presidencia, ¿a quién preparará para reemplazarlo? ¿Acaso este sucesor elegido pertenecerá a una de las facciones enfrentadas del Kremlin? ¿O elegirá a alguien “de afuera”?

A menos que Putin conserve su estatura de máximo árbitro y tomador de decisiones del país, existe un elevado riesgo de una lucha interna feroz. En un entorno donde el poder y la propiedad son inseparables y donde todas las instituciones gubernamentales están desvirtuadas, una importante transferencia de autoridad en la cima puede conducir a una redistribución violenta. Por consiguiente, resolver estas cuestiones es vital para las elites políticas de Rusia, ansiosas por preservar los beneficios actuales y obtener más.

En cuanto a la población, la gran mayoría parece resignada a aceptar cualquier cosa que dispongan los líderes. El 45% de los rusos cree que Putin nombrará a un sucesor, y que esta persona se convertirá en el nuevo presidente. Casi una cuarta parte cree que se modificará la constitución para que Putin pueda tener un tercer mandato. Como sea, es casi una aceptación universal que la transferencia de la autoridad presidencial se digita en la cima y se respalda en las urnas. El equilibrio de fuerzas en la legislatura, también, estará determinado por el Kremlin. En los últimos años, la configuración de los partidos políticos y la legislación electoral se modificaron en repetidas ocasiones como para satisfacer los intereses de la elite gobernante. Como resultado, las fuerzas indeseables no tienen ninguna posibilidad en la elección parlamentaria del próximo Diciembre.

Alienados de la política, los rusos comunes y corrientes son indiferentes a todo lo que no los afecte inmediatamente, y no pretenden responsabilizar a nadie. No los afectó el reciente asesinato de la periodista Anna Politkovskaya o el homicidio de Andrey Kozlov, primer vicepresidente del banco central, o las implicancias del envenenamiento de Alexander Litvinenko (una mayoría en una encuesta reciente dijo que fue asesinado por sus “socios comerciales”).