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La moralidad de la amoralidad en política exterior

Cuando se trata de moralidad, a menudo se ve a los diplomáticos como a personas frías y calculadoras. Maquiavelo y Metternich son sinónimos de la búsqueda despiadada del logro de los intereses propios, rayando en la deshonestidad. Sir Henry Wootton, Embajador de la Reina Isabel para Venecia y Bohemia, señalaba que su profesión estaba formada por hombres honestos enviados al exterior para mentir por sus países. Pero existen buenas razones para la tradición amoral de la diplomacia; paradojalmente, esta tradición representa importantes valores morales.

Muchos de nosotros, a pesar de nuestro gran respeto hacia los EEUU, reaccionamos contra frases como el "Eje del Mal" no porque los países aludidos no representen graves desafíos para el mundo, sino debido a las dificultades que surgen de mezclar política exterior y moralidad. "Mal" es un término religioso, no un principio de política exterior.

La política exterior tiene que ver con la guerra y la paz. Si se luchara en las guerras por motivos morales o religiosos, no habría límite para los conflictos. Después de todo, decir que alguien representa al mal es invocar un deber moral de destruirlo. No es posible ninguna aveniencia, ningún modus vivendi, ninguna coexistencia pacífica. Incluso la contención queda descartada, ya que simplemente no hay espacio para la negociación y las concesiones. No se puede hacer tratos con el Gran Satán.

Dos veces Europa pasó por guerras que no tenían límite alguno. La Guerra de los Treinta Años, que se libró por razones religiosas, dejó al continente en ruinas y mató a un tercio de la población de Alemania. El recuerdo de los horrores de la guerra abrió un periodo de racionalismo y refrenamiento en las relaciones internacionales.