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La ventaja a medias de la selección genética

El avance del conocimiento, muchas veces, es una ventaja a medias. En los últimos 60 años, la física nuclear ha sido un ejemplo obvio de esta verdad. En los próximos 60 años, la genética puede ser otro.

Hoy, compañías emprendedoras ofrecen, a cambio de un honorario, brindarnos información sobre nuestros genes. Dicen que este conocimiento nos ayudará a vivir más y mejor. Podríamos, por ejemplo, hacernos chequeos adicionales para detectar señales tempranas de las enfermedades que más riesgo tenemos de contraer o alterar nuestra dieta para reducir ese riesgo. Si nuestras probabilidades de una vida prolongada no son buenas, podríamos comprar más seguro de vida o incluso jubilarnos antes y así tener suficiente tiempo para hacer lo que siempre quisimos hacer.

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Los defensores de la privacidad se esforzaron, con cierto éxito, para impedir que las compañías de seguro exigieran pruebas genéticas antes de emitir un seguro de vida. Pero si los individuos pueden llevar a cabo las pruebas que se les prohíben a las compañías de seguro, y si quienes reciben información genética adversa entonces compran seguro de vida adicional sin revelar las pruebas que se realizaron, están engañando a otros tenedores de seguros de vida. Las primas tendrán que aumentar para cubrir las pérdidas y quienes tengan una buena prognosis genética pueden rescindir su seguro de vida para evitar subsidiar los engaños, haciendo que las primas suban aún más.

Todavía no hace falta que nos alarmemos demasiado. La Oficina de Responsabilidad Gubernamental de Estados Unidos (GAO) envió muestras genéticas idénticas a varias compañías que realizan estas pruebas y obtuvo una respuesta muy variada y básicamente inútil. Pero, a medida que la ciencia mejore, habrá que enfrentar el problema del seguro.

Elegir a nuestros hijos plantea problemas éticos más profundos. Esto no es nuevo. En los países desarrollados, las pruebas de rutina que se les practican a las mujeres embarazadas de más edad, combinadas con la disponibilidad del aborto, redujeron significativamente la incidencia de patologías como el síndrome de Down. En algunas regiones de la India y de China donde las parejas están ansiosas por tener un hijo, el aborto selectivo ha sido la máxima expresión de sexismo y se lo ha practicado a tal extremo que está alcanzando la mayoría de edad una generación en la que los representantes masculinos enfrentan una escasez de parejas femeninas.

La selección de los hijos no necesariamente tiene que ver con el aborto. Desde hace varios años, algunas parejas en riesgo de transmitir una enfermedad genética a sus hijos utilizaron la fertilización in vitro. Mediante este mecanismo, se producen varios embriones, se los somete a una prueba para detectar en ellos el gen defectuoso y se implantan en el útero de la mujer sólo aquellos que no lo tienen. Ahora las parejas están utilizando esta técnica para no transmitir genes que impliquen un riesgo significativamente elevado de desarrollar ciertas formas de cáncer.

Como todos acarreamos algunos genes adversos, no hay una línea definida entre seleccionar en contra de un chico con riesgos por encima de lo normal de contraer una enfermedad y seleccionar a favor de un chico con perspectivas de salud inusualmente promisorias. Por lo tanto, la selección genética inevitablemente avanzará hacia el mejoramiento genético.

Para muchos padres, nada es más importante que ofrecerle a su hijo el mejor arranque posible en la vida. Compran juguetes costosos para maximizar el potencial de aprendizaje de su hijo y gastan mucho más en escuelas privadas o profesores particulares después de clase con la esperanza de que él o ella obtengan buenas calificaciones en los exámenes que determinan el ingreso a universidades de elite. Tal vez no pase mucho tiempo hasta que podamos identificar los genes que mejoran las posibilidades de éxito en esta búsqueda.

Muchos condenarán esto como un resurgimiento de la “eugenesia”, la visión, particularmente popular a principios del siglo XX, de que se deberían mejorar los rasgos hereditarios a través de la intervención activa. De modo que, de alguna manera, y en manos de regímenes autoritarios, la selección genética podría asemejarse a los males de las formas anteriores de eugenesia, con su defensa de políticas oficiales odiosas y seudo-científicas, particularmente las referidas a la “higiene racial”.

En las sociedades liberales regidas por el mercado, en cambio, la eugenesia no será impuesta coercitivamente por el Estado para el bien colectivo. Más bien, será el resultado de la elección paterna y el accionar del mercado libre. Si esto deriva en que la gente sea más sana y más inteligente, con mejores capacidades para resolver problemas, será algo positivo. Pero incluso si los padres toman decisiones que son buenas para sus hijos, podría haber peligros además de bendiciones.

En el caso de la selección del sexo, es fácil ver que las parejas que eligen independientemente lo mejor para sus hijos pueden producir un resultado que deja peor parados a sus hijos que si nadie pudiera elegir su sexo. Algo similar podría pasar con otras formas de selección genética. Como la altura superior al promedio tiene correlación con el ingreso superior al promedio, y en la altura, claramente, hay un componente genético, no es irrisorio imaginar que las parejas elijan tener hijos más altos. El resultado podría ser una “carrera armamenticia” genética que derive en chicos cada vez más altos, con costos ambientales significativos generados por el consumo adicional requerido para alimentar a seres humanos más grandes.

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Sin embargo, la implicancia más alarmante de este modo de selección genética es que sólo los ricos pueden permitírselo. La brecha entre ricos y pobres, que ya es un desafío para nuestras ideas de justicia social, se volverá un abismo que la simple igualdad de oportunidades no podrá achicar. Ese no es un futuro que cualquiera de nosotros aprobaría.

Pero evitar este resultado no será fácil, ya que requerirá que la selección para el mejoramiento genético no esté disponible para nadie o esté al alcance de todos. La primera opción requeriría coerción y, dado que los países no aceptarán que otros cuenten con una veta competitiva, un acuerdo internacional para renunciar a los beneficios que pueda aportar el mejoramiento genético. La segunda opción, el acceso universal, exigiría un nivel sin precedentes de asistencia social para los pobres y decisiones extraordinariamente difíciles sobre qué subsidiar.