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El incierto mapa futuro del mundo árabe

MADRID – Las revoluciones que atravesaron el mundo árabe en los dos últimos años expusieron la extraordinaria fragilidad de importantes estados árabes. Con la excepción de algunos países con raíces históricas, como Egipto o Marruecos, la mayoría de los estados árabes son construcciones artificiales del colonialismo europeo, que combinó tribus y etnias diversas para formar estados unitarios cuya cohesión solo fue posible gracias por la presencia de gobiernos autoritarios y un enemigo común: el sionismo y sus protectores occidentales.

Pero la actual conmoción que sacude a estos países ya no obedece a un resentimiento contra las fuerzas extranjeras, sino que señala el inicio de una segunda fase en el proceso de descolonización: tribus y pueblos que solamente el yugo de un dictador mantuvo unidos ahora reclaman para sí el derecho a la autodeterminación. Incluso no es demasiado aventurado afirmar que viejos estados árabes artificiales se desintegrarán y que de sus escombros surgirán otros nuevos. La invasión estadounidense de Irak dio la pauta, al quitarle poder al gobierno central y conferírselo a diversos enclaves étnicos y religiosos.

Lo sucedido en Yugoslavia, un producto mal concebido de la diplomacia de tiempos de Wilson, puede suceder también en las creaciones imperiales, más cínicas, de Oriente Próximo. Lo que Sigmund Freud definió como “el narcisismo de las pequeñas diferencias” llevó a que, a continuación de la contienda más sangrienta que hubo en Europa desde la Segunda Guerra Mundial, Yugoslavia se dividiera en siete pequeños estados (incluido Kosovo). ¿Espera a los estados árabes el mismo destino?

La democratización del mundo árabe no es solamente cuestión de derrocar a dictadores, también tiene que ver con la renovación del mapa político‑étnico de la región, que para muchos grupos minoritarios ha sido insatisfactorio.