El lío mexicano

CIUDAD DE MÉXICO – Este mes el Presidente de México, Felipe Calderón, celebra su segundo aniversario en el cargo. Calderón tomó posesión en diciembre de 2006 en circunstancias adversas. Fue electo con el 35% de los votos, no tenía la mayoría en el Congreso y la oposición se negó a reconocer su victoria. También ha tenido que gobernar en un ambiente persistentemente difícil: un presidente debilitado en Estados Unidos, una grave desaceleración económica y el legado de corrupción, negligencia y complicidad que le dejaron sus predecesores desde 1968, cuando el sistema político mexicano de un solo partido empezó a desmoronarse.

Lo más inmediato para Calderón fue abordar el problema de que su predecesor inmediato no aplicó ninguna de las reformas importantes que México necesitaba. Vicente Fox llegó al poder en 2000 con un amplio mandato, pero, al igual que Calderón, sin mayoría en el Congreso. Resultó incapaz de construir coaliciones legislativas duraderas, lo que condujo a Calderón a decidir que su primer rompimiento con el pasado consistiría en crear alianzas para promulgar las reformas. Pronto, sin embargo, esto se convirtió en un fin en sí mismo y Calderón se mostró hábil para crear coaliciones de corta duración con las que se aprobaron reformas sin trascendencia. Este gradualismo diluido se ha convertido en su sello personal.

Dado lo anterior, no es sorprendente que la lista de dudas sobre la administración de Calderón sea mayor que la de sus logros. Las encuestas reflejan esta ambivalencia. Sigue siendo popular y se le tiene en buena estima a nivel personal, pero el público está cada vez más insatisfecho y decepcionado por el desempeño real de su gobierno.

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