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Los caudillos del rentismo

Las reelecciones presidenciales indefinidas que se promueven en Venezuela y en Bolivia demuestran que el caudillismo avanza en América Latina, ahora con la ambición de perpetuarse. Los éxitos mediáticos de Hugo Chávez y Evo Morales están dando nueva visibilidad a este fenómeno que, sin embargo, nunca se ha alejado del continente.

De hecho, varios presidentes lograron antes reformas constitucionales para prolongar su mandato -por ejemplo, Carlos Menem, heredero del caudillismo más persistente del continente- pero nunca ad eternum en la historia reciente.

Es necesario considerar dos aspectos del caudillismo: el primero es que se trata, sobre todo, una forma de representación política y que, como tal, puede estar dotada de muy diversos contenidos. El segundo es que, a pesar de consistir en la personalización de la política, es un fenómeno que depende menos de las características particulares del caudillo que de las condiciones sociales, políticas y económicas del país. En otras palabras, aunque el carisma de un caudillo no es ajeno a los atributos personales percibidos por la gente, es en esencia una creación social.

Estas dos ideas pueden ser útiles para comprender los ascensos políticos de Hugo Chávez y de Evo Morales. Ellos, como los antiguos caudillos, concentran en sí mismos la representación de sus partidarios. Si en el caso de otros caudillos la representación se basaba en la confianza de la gente de alcanzar un mejor destino bajo la conducción del líder, en los casos de Chávez y Morales se basa sobre todo en una simple identificación que le permite pensar: “éste es de los nuestros”.