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La formación de los grandes comunicadores

CAMBRIDGE – Quizás el ejemplo más notable de liderazgo basado en la capacidad de comunicarse sea Barack Obama, que ha dado tres veces la cantidad de entrevistas que George W. Bush y ha sostenido cuatro veces más conferencias de prensa que Bill Clinton en esta etapa de sus respectivas presidencias. Algunos críticos ahora se preguntan si, a fin de cuentas,  tanto hablar es algo bueno.

Todos los líderes inspiradores se comunican con eficacia. A menudo, Winston Churchill atribuía su éxito a su buen dominio del idioma inglés. Los antiguos griegos tenían escuelas de retórica para afinar sus destrezas ante las multitudes de las asambleas. Cicerón dejó su marca en el Senado Romano tras estudiar oratoria.

Las buenas habilidades retóricas ayudan a generar poder blando. Woodrow Wilson no fue un estudiante brillante de niño, pero estudió oratoria por sí mismo porque consideraba que era esencial para un líder. Martín Luther King se benefició de crecer en una tradición religiosa afroamericana de gran riqueza de ritmos de la palabra hablada. Clinton fue capaz de combinar cierta teatralidad con historias narrativas y una habilidad general de comunicar argumentos. Según su equipo, a lo largo de su carrera ha desarrollado y mejorado esta característica de manera gradual.

Sin embargo la oratoria y la retórica inspiradora no son las únicas formas de comunicación con las cuales los líderes enmarcan los problemas y comunican significado a sus seguidores. No se puede decir que Alan Greenspan, ex presidente de la junta de la Reserva Federal, haya sido un orador inspirador, pero los mercados y los políticos estaban pendientes de cada una de sus palabras, y adaptaba los matices de su lenguaje para reforzar la dirección en que deseaba guiar la política monetaria. Lamentablemente, como lo demostró la crisis financiera de 2008, habría sido mejor si los comités del Congreso lo hubieran presionado a comunicarse con mayor claridad.