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El linchamiento de Libia

NUEVA YORK.– Muchos dirán que el Cnel. Muammar el Gadafi recibió su merecido. Quien a hierro mata, a hierro muere.

El tirano libio alegremente permitió que sus oponentes, o quienes lo molestasen, fueran torturados o asesinados. Así que parece justo que haya muerto con violencia sumaria. Luego de ser acorralado en un sucio desagüe, fue exhibido como un trofeo sangriento antes de que una banda de linchadores lo golpease duramente y le disparase. Y sucedió en su ciudad natal, Sirte. Esta es ciertamente una justicia primitiva, pero, ¿de qué otra forma se puede hacer justicia con un asesino de masas?

Sin embargo, hay algo profundamente perturbador en un linchamiento, sin importar la víctima. Incluso mientras las multitudes vitoreaban en Sirte y Trípoli, regocijándose por la muerte del déspota, otros expresaban sus dudas sobre su humillante final. El intelectual público francés, Bernard-Henri Lévy, quien había impulsado la revolución libia con una fuerte dosis de narcisista sentido de la teatralidad, escribió que el linchamiento de Gadafi «contaminó la moralidad esencial» de la rebelión del pueblo.

Se puede disentir con esta descripción. Como en todas las revoluciones violentas, la moralidad de los oponentes al dictador nunca fue completamente intachable. Los rebeldes, quienes redujeron a escombros el sitio donde Gadafi nació, en algunos casos fueron tan despiadadamente brutales como aquellos contra quienes luchaban.