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El efecto Lucifer

¿Por qué personas buenas y corrientes a veces se vuelven perpetradoras del mal? La transformación más extrema de esa clase es, naturalmente, la historia del ángel favorito de Dios, Lucifer… y que ha constituido el marco para mis investigaciones psicológicas de transformaciones humanas menores como reacción a la influencia corrosiva de fuerzas situacionales poderosas.

Dichas fuerzas existen en muchos marcos comunes de comportamiento y alteran nuestro buen carácter habitual al incitarnos a caer en un comportamiento desviado, destructivo o perverso. Al encontrarse en ambientes nuevos y desconocidos, nuestras formas habituales de pensar, sentir y actuar dejan de funcionar para mantener la brújula moral que nos ha guiado de forma fiable en el pasado.

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A lo largo de los tres últimos decenios, mis investigaciones y las de mis colegas han demostrado la relativa facilidad con la que se puede dirigir a personas corrientes para que adopten comportamientos considerados perversos. Hemos sometido a los participantes en las investigaciones a experimentos en los que fuerzas situacionales poderosas –anonimato, presiones grupales o difusión de responsabilidad personal- los incitan a obedecer ciegamente a la autoridad y agredir a otros inocentes después de deshumanizarlos.

Mi reciente libro The Lucifer Effect: Understanding How Good People Turn Evil (“El efecto Lucifer. Para entender por qué personas buenas se vuelven perversas”) describe las transformaciones radicales que se produjeron en estudiantes universitarios que jugaban con los papeles, asignados al azar, de prisioneros y guardias en una cárcel simulada en la Universidad de Stanford. A continuación establece paralelismos directos con los malos tratos cometidos por soldados americanos en la cárcel de Abú Graib (Iraq) y presenta gran parte de la investigación de las ciencias sociales que ilustran el poder de las situaciones sociales para dominar los caracteres individuales.

Esa labor pone en tela de juicio los estudios tradicionales centrados en la naturaleza interna, el carácter y los rasgos de personalidad de la persona como factores primordiales –y con frecuencia los únicos- para entender los fallos humanos. En cambio, yo sostengo que, si bien la mayoría de las personas son buenas la mayor parte del tiempo, se las puede incitar fácilmente a actuar de forma antisocial, porque las mayoría de las personas raras veces son figuras solitarias que improvisan soliloquios en el escenario vacío de la vida.

Al contrario, las personas se encuentran con frecuencia en un conjunto de intérpretes diferentes, en un escenario con diversos accesorios, vestuario, guiones y direcciones escénicas de productores y directores. Juntos, comprenden rasgos situacionales que pueden influir espectacularmente en el comportamiento. Lo que las personas aportan a cualquier ambiente es importante, pero también lo son las fuerzas situacionales que actúan sobre ellos, así como las fuerzas sistémicas que crean y mantienen las situaciones.

La mayoría de las instituciones que sostienen una orientación individualista consideran a la persona pecadora, culpable, afligida, demente o irracional. Los programas de cambio siguen un modelo de rehabilitación, terapia, reeducación y tratamiento o un modelo punitivo de reclusión y ejecución, pero todos esos programas están condenados a fracasar si la principal causa agente es la situación o el sistema y no la persona.

A consecuencia de ello, son necesarios dos tipos de cambio de paradigma. Primero, debemos adoptar un modelo de salud pública para la prevención de la violencia, los malos tratos al cónyuge, la intimidación, el prejuicio y demás, que determine los vectores de enfermedad social contra los que se deba vacunar. Segundo, la teoría jurídica debe volver a examinar el grado en que se deben tener en cuenta los factores situacionales y sistémicos poderosos al castigar a las personas.

Aunque gran parte de El efecto Lucifer examina lo fácil que resulta a las personas corrientes ser seducidas para que cometan acciones perversas o para que permanezcan pasivamente indiferentes ante el sufrimiento de otras, el mensaje más profundo es positivo. Entendiendo el cómo y el porqué de semejantes acciones es como nos encontramos en condiciones mejores para descubrirlas, oponerles resistencia, desafiarlas y superarlas. Al volvernos más “expertos en perversión”, creamos resistencias contra la posibilidad de que nos ajusten negativamente nuestra brújula moral.

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En ese sentido, El efecto de Lucifer es una celebración de la capacidad humana para elegir la amabilidad y no la crueldad, el interés y no la indiferencia, la creatividad y no la destructividad y el heroísmo y no la infamia. Al final de mi relato, invito a los lectores a que examinen estrategias fundamentales para resistir y desafiar las influencias sociales no deseadas e introduzco el concepto de “la trivialidad del heroísmo”. Al fin y al cabo, la mayoría de los héroes son personas corrientes que realizan acciones morales extraordinarias.

Teniéndolo presente, propongo una perspectiva situacional para el heroísmo, como también para la perversión: la misma situación que puede despertar la imaginación hostil y la perversión en algunos de nosotros puede inspirar la imaginación heroica en otros. Debemos enseñar a las personas, en particular a nuestros hijos, a verse como “héroes en espera”, listos para realizar acciones heroicas en una situación particular que puede presentarse sólo una vez en toda la vida.