Los límites del bonapartismo

PARIS – Tras cuatro décadas, Francia ha vuelto a formar parte del comando unificado de la OTAN. El Presidente Nicolas Sarkozy abandonó de un golpe uno de los pilares de la política francesa y del legado de Charles de Gaulle, fundador del partido político al que pertenece.

La decisión va en línea con la manera como ha gobernado desde su elección en 2007. Ya se trate de buscar reformar el sistema judicial francés, replantear su mapa administrativo, proponer una nueva alianza de países mediterráneos o intentar poner fin a la ambigua política exterior francesa de estar alineados y, al mismo tiempo, no alineados con los Estados Unidos, Sarkozy no peca de poco ambicioso.

El problema es que demasiadas de sus decisiones han terminado por ser nada más que simbólicas, como la Unión Mediterránea, de incierto futuro; mal concebidas, como la reforma judicial, a la que se opone la casi totalidad de los profesionales de las leyes; o descaradamente creadas para su propia conveniencia, como la reforma administrativa, en la que de alguna manera se las arregló para abolir sólo los departamentos y administraciones regionales controlados por los socialistas de la oposición.

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