0

El último de los neoconservadores

NUEVA YORK – Ahora que la presidencia de George W. Bush está a punto de terminar, ¿qué les ocurrirá a los neoconservadores? Pocas veces en la historia de los Estados Unidos una pequeña cantidad intelectuales librescos había tenido tanta influencia sobre la política exterior como la de los neoconservadores bajo Bush y su vicepresidente, Dick Cheney, ninguno de los cuales es conocido por la profundidad de sus intereses intelectuales. La mayoría de los presidentes esperan que sus periodos en el cargo adquieran alguna significación. Los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 dieron a los intelectuales neoconservadores la oportunidad de prestar su tipo de idealismo revolucionario a la aventura de Bush/Cheney.

Escribiendo para revistas como The Weekly Standard , y usando los púlpitos de los centros de expertos, o “think tanks”, como el American Enterprise Institute, los neoconservadores ofrecieron impulso intelectual a la invasión de Irak. La lógica de la misión estadounidense de propagar la libertad por el orbe -lo que, se argumentaba, tenía sus raíces en la historia de EE.UU. desde los Padres Fundadores- exigía nada menos que eso. Las objeciones de los aliados europeos y asiáticos se descartaron como reacciones anticuadas, poco imaginativas y cobardes al despertar de esa nueva era de democracia mundial, impulsada por el invencible poder militar estadounidense.

No habrá muchos que extrañen a los neoconservadores. Hicieron su última jugada en la campaña electoral de John McCain, entre cuyos asesores de política exterior se encontraban algunos miembros prominentes de la fraternidad (la mayoría eran hombres). Hasta ahora ninguno parece haber encontrado muchas simpatías en las filas de los asesores de Barack Obama.

Un prestigio como del que disfrutaron los neoconservadores bajo Bush es poco usual en la cultura política de Estados Unidos, conocida por su escepticismo hacia los experimentos políticos. En política, no es una mala cosa un cierto grado de materialismo alejado del intelectualismo. Los intelectuales, que por lo general no tienen poder fuera de los enrarecidos ámbitos de los “think tanks” y universidades, a veces se sienten atraídos demasiado fácilmente por los líderes poderosos con la esperanza de que realmente lleven a cabo sus ideas.