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El laberinto de la corrupción

La corrupción no es exactamente un fenómeno nuevo en América Latina. De hecho, los escándalos de corrupción han sido una característica del paisaje de la región desde tiempos inmemoriales. De modo que, en principio, no hay nada que deba sorprender en el actual y casi interminable drama que tiene por protagonistas al Presidente de Brasil, Luis Ignacio "Lula" da Silva, su organización política (el Partido de los Trabajadores, PT) y gran parte de la elite política del país. No obstante, este escándalo, a diferencia de muchos otros antes de él, ocurre en un ambiente democrático consolidado, y en la izquierda.

Por supuesto, nunca ha habido razones para esperar que la izquierda sea más honesta que el resto. Es cierto que los movimientos y líderes socialistas, comunistas o castristas de América Latina tradicionalmente han denunciado los sobornos, el tráfico de influencias y los monumentales robos de los gobiernos de dictaduras tradicionales de derecha o incluso regímenes constitucionales centristas. También es innegable que la izquierda, habiendo estado muy pocas veces en el poder, ha tenido menos oportunidades de meter mano a los tesoros nacionales para una finalidad u otra.

Siempre es más fácil ser honesto cuando se está en la oposición, aunque también siempre ha sido más peligroso, algunas veces de manera fatal, estar fuera del poder o del favor de los poderosos en América Latina. Sin embargo, a medida que la izquierda latinoamericana logra acceder a más gobiernos -hoy en Brasil, Chile, Venezuela, Uruguay, parcialmente en Argentina, y quizás México, Bolivia y Nicaragua en un futuro próximo-, no hay razones para pensar que sea inmune a los eternos males de la región.

Claramente, la izquierda brasileña, como sus contrapartes venezolana, uruguaya, mexicana y boliviana, no ha sido vacunada contra la corrupción. Si la izquierda de Chile parece ser un tanto impermeable a esta tendencia, eso tiene que ver mucho más con la historia y cultura del país que con sus partidos socialistas.