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La conversión de Kouchner

La designación por parte del presidente francés, Nicolas Sarkozy, de Bernard Kouchner como ministro de Relaciones Exteriores de Francia fue una estocada política brillante. Tras haber derrotado a su rival socialista, Ségolène Royal, Sarkozy decidió agravar la crisis de los socialistas nombrando para su gobierno a varios políticos durante mucho tiempo asociados con el centroizquierda. Sarkozy persuadió a dos mujeres de contextos inmigrantes, Rama Yade y la conocida activista feminista Fadela Amara, de aceptar puestos en el subgabinete, mientras que Kouchner ha sido la figura política más popular en Francia en los últimos años.

La popularidad de Kouchner es curiosa. Si bien ha estado vinculado a la política desde hace décadas, nunca tuvo un puesto gubernamental desde que se desempeñó como viceministro de Salud en el gobierno del ex primer ministro socialista Lionel Jospin. Sin embargo, ya sea por la fuerza de su intelecto y talento, como dice él mismo y también sus seguidores, o por su ingenio a la hora de autopromocionarse, como sostienen muchos de sus detractores, Kouchner logró permanecer en el centro de la escena sin importar quién era el presidente o el primer ministro de Francia.

Pero se le estaba pasando el cuarto de hora. Kouchner, cofundador del grupo de asistencia Médicos Sin Fronteras, que luego se alejó de la organización para fundar una segunda organización humanitaria, Médicos del Mundo, y que gobernó Kosovo como protectorado de las Naciones Unidas después de la guerra de la OTAN con Serbia en 1999, hoy tiene 67 años. En términos realistas, la invitación de Sarkozy probablemente fuera su última oportunidad de ejercer un papel político e internacional trascendente.

Pero, ¿qué tipo de papel? Kouchner no inventó el llamado “droit d’ingerence”, que podría traducirse como el derecho a la intervención. Ese título pertenece al teórico legal italiano Mario Bettati. Pero a él se lo conoce más como su defensor. Desde los años 1970, Kouchner viene sosteniendo que los Estados tienen la obligación de impedir que los gobiernos dictatoriales cometan los peores abusos contra su pueblo. Sin negar que la soberanía de estado era la base del sistema internacional, Kouchner insistió en que no podía ser una licencia de los gobiernos para matar.