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La bondad de los extraños

NEW HAVEN – Reconozco que es una forma inhabitual de ver el mundo, pero, al leer el periódico, me asombra constantemente la amplitud de la bondad humana. La buena noticia más reciente procede del Centro de Estudios de la Riqueza y la Filantropía del Boston College, según cuyos cálculos los americanos aportarán unos 250.000 millones de dólares de contribuciones caritativas individuales en 2010, varios miles de millones más que en el año pasado.

Hay quienes donan su sangre a extraños, viajan en misiones humanitarias a lugares como, por ejemplo, Haití y el Sudán y arriesgan su vida para luchar contra la injusticia en otros lugares. Y los neoyorquinos se han acostumbrado a leer noticias sobre héroes del metro: seres valerosos que saltan a las vías para rescatar a viajeros caídos y después desaparecen con frecuencia, por sentirse incómodos ante el interés público por su mérito.

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Como psicólogo, me fascinan el origen y las consecuencias de semejante bondad. Algunos de nuestros sentimientos y motivaciones morales son resultado de la evolución biológica. Eso explica por qué somos bondadosos a menudo con nuestra propia carne y sangre: quienes comparten nuestros genes. También puede explicar nuestros apegos morales a quienes vemos como miembros de nuestra tribu inmediata.

Hay una lógica, propia de la adaptación, en el comportamiento bondadoso con aquellos con quienes nos relacionamos continuamente: hoy por ti y mañana por mí. Pero no hay una compensación darwiniana en sacrificar los recursos propios por extraños anónimos, en particular los que se encuentran en tierras lejanas.

La explicación de nuestra moralidad ampliada se debe a la inteligencia, la imaginación y la cultura. Una fuerza poderosa es la utilización del lenguaje para contar historias. Éstas pueden motivarnos para pensar en personas lejanas como si fueran amigos y familiares.

Las experiencias indirectas engendradas por las tragedias griegas, las telecomedias y las crónicas periodísticas han desempeñado, todas ellas, un papel importante en la ampliación del alcance de nuestro interés moral. Otro factor es la difusión de las ideologías, tanto seculares como religiosas, que nos animan a preocuparnos por los demás, aunque estén lejanos, y nos convencen para que ampliemos nuestra bondad allende nuestro círculo inmediato.

Incluso la denostada fuerza del capitalismo podría hacernos mejores. Según las conclusiones de un estudio reciente de quince poblaciones diversas, publicado en la revista Science, las sociedades que tratan a los extraños anónimos con mayor equidad son las que tienen economía de mercado. Como ha subrayado Robert Wright, a medida que las personas se vuelven cada vez más interdependientes, el alcance de la preocupación moral aumenta en el mismo grado.

Nadie podría sostener que esté desapareciendo la distinción entre quienes son próximos a nosotros y los extraños lejanos. No me imagino que llegue a ocurrir nunca. Una persona que no distinguiera entre su hijo y un niño desconocido de un país lejano, que sintiese el mismo amor y la misma obligación para con los dos, sería casi sobrehumana. Sin embargo, lo que ha ocurrido es que la distinción entre “nosotros” y “ellos” no es tan marcada como solía ser.

Los efectos de nuestra bondad no son de suma cero. Quienes reciben la caridad ven mejorada su vida, pero también se benefician de ella quienes la brindan. Ser bondadoso sienta bien. De hecho, según las conclusiones de un estudio reciente, gastar dinero para otros es más satisfactorio que gastarlo para uno mismo. No es un simple placer a corto plazo: quienes donan riqueza y tiempo a otros suelen ser mucho más felices en toda su vida que quienes no lo hacen. A este respecto la conclusión paradójica es la de que un gran truco para ser feliz es el de olvidarse de ser feliz y, en cambio, intentar aumentar la felicidad de los demás.

No obstante, no todo es bondad; la moralidad es algo más que compasión y caridad. Como seres morales, sentimos el impulso a aplicar la justicia.

Los economistas experimentales han descubierto que hay quienes son capaces de sacrificar sus recursos propios para castigar a los tramposos y a los que se aprovechan de los demás, aunque se trate de extraños anónimos con los que no volverán a relacionarse nunca, comportamiento denominado “castigo altruista”. También en eso hay placer. Así como, al dar a alguien necesitado, se recibe una respuesta neuronal positiva, así también ocurre, al quitar algo a quien se lo merece.

Ésa es la otra cara de la caridad. Estamos motivados para ser bondadosos con otras personas anónimas, pero también lo estamos para dañar a quienes las tratan mal. Eso es lo que puede impulsarnos poderosamente a afrontar males lejanos mediante sanciones, bombardeos y guerra. Queremos que esos malhechores sufran.

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El problema que se plantea es el de que nuestros sentimientos morales viscerales no guardan una relación adecuada con las consecuencias. Las modalidades de donación caritativa a países extranjeros tienen más que ver a menudo con el relieve público en los noticiarios que con las consideraciones reales sobre dónde se necesitan más los fondos y las conclusiones de experimentos de laboratorio muestran que hay quienes seguirán castigando, aun cuando sepan perfectamente que con ello la situación empeorará. No resulta difícil ver las consecuencias que eso tiene en el mundo real.

La ampliación de la moralidad humana es un avance maravilloso para la Humanidad, pero, si estuviera atemperada por la fría racionalidad, sería incluso mejor.