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La clave para acabar con el hambre

EUGENE (OREGÓN) – La reciente noticia de que dos terceras partes de los adultos de los Estados Unidos tienen exceso de peso o son obesos –y su número sigue aumentando– trae a las mientes una pregunta que me ha preocupado desde el decenio de 1970: ¿por qué no estamos pasando hambre todos?

No hace mucho que algunos expertos predecían que nuestra población humanaamp#160; crecería vertiginosamente y superaría nuestro abastecimiento de alimentos, lo que provocaría sin falta un hambre en gran escala. Se suponía que a estas alturas habría millones de personas muriendo de hambre todos los años. Era el resultado de las antiguas y terribles matemáticas de Thomas Malthus: la población se dispara geométricamente, mientras que la producción de alimentos queda rezagada. Tiene un sentido evidente. Yo me crié con las ideas de Malthus actualizadas en libros apocalípticos como The Population Bomb (“La bomba demográfica”).

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Pero parece que alguien desactivó la bomba. En lugar de la inanición en gran escala, parece que estamos inundados de alimentos y no sólo en los Estados Unidos. La obesidad va en aumento en México. La diabetes relacionada con la grasa está resultando una epidemia en la India. Uno de cada cuatro habitantes de China tiene exceso de peso, más de 60 millones son obesos y la tasa de niños con exceso de peso ha aumentado casi treinta veces desde 1985. Dondequiera que miremos, desde Buffalo hasta Beijing, se ven vientres hinchados.

En lugar de acabar hambrientos, los seres humanos de todo el mundo están comiendo –en valor per capita – más calorías que nunca.

Si buscamos las razones a que se debe esta epidemia de obesidad, no debemos quedarnos con los sospechosos habituales, citados, todos ellos, por la prensa: la comida rápida, las grasas artificiales, el exceso de azúcar, el ejercicio escaso, los juegos informáticos, bacterias extrañas en las tripas, moléculas extrañas en la sangre. Personalmente, yo la achaco a un instinto humano integrado que nos inclina a quedarnos sentados comiendo piscolabis salados, grasientos y azucarados, en lugar de hacer trabajos físicos duros. Desde luego, todos esos factores están relacionados con la “insidiosa y subrepticia pandemia de obesidad (...) que ahora está invadiendo el mundo entero”, como dijo recientemente un experto muy preocupado, pero sólo son unas piezas del rompecabezas.

La respuesta subyacente es ésta: hay un gran surtido de comida barata por doquier. Sí: si entramos en nuestro supermercado local o en casi cualquier tienda de comestibles de cualquier lugar del mundo, vemos el problema ante nuestros ojos. Hay montañas de comida muy calórica y barata por doquier.

En cierto modo, hemos sido más listos que Malthus. La producción de alimentos no sólo se ha mantenido al ritmo de aumento de la producción, sino que, además, ha logrado superarla en cierto modo. Hay altibajos de un año para otro debidos al clima y hay bolsas de hambre en todo el mundo (que no se deben a una falta mundial de alimentos, sino a la falta de medios para transportarlos hasta donde se necesitan). En general, los silos están llenos hasta reventar.

Se entierran toneladas de alimentos, porque hay tantos, que los agricultores no pueden obtener los precios que desean por ellos. Se utilizan toneladas de alimentos baratos (maíz, por ejemplo) amp#160;para producir comida más cara (como filetes). Grandes cantidades de comida significan grandes cantidades de grasa, carne, azúcar y calorías. Grandes cantidades de comida significan grandes cantidades de personas con exceso de peso.

Si nos gusta la idea de evitar la inanición en gran escala –y, desde luego, a mí me gusta–, debemos agradecérsela a dos grupos de científicos: uno, que nos brindó la “revolución verde” en torno al decenio de 1980 mediante variedades de cereales resistentes y muy productivas, y otro, al que se le ocurrió hacer pan del aire .

Lo digo en serio. Si buscamos a quién debemos atribuir la era de abundancia actual, debemos fijarnos en un par de científicos alemanes que vivieron hace un siglo. Entendieron que el problema no era falta de comida en sí, sino falta de fertilizante... y entonces pensaron en cómo fabricar cantidades inacabables de fertilizante.

El componente número uno de cualquier fertilizante es el nitrógeno y el primero de esos dos investigadores alemanes, Fritz Haber, descubrió cómo activar las compleja y peligrosa química necesaria para obtener nitrógeno de la atmósfera –en la que es abundante, pero inútil como fertilizante– y convertirla en una substancia que puede hacer crecer las plantas.

Una primera demostración se hizo hace cien años. Carl Bosch, joven genio que trabajaba para una empresa química, se apresuró a acelerar el proceso de Haber hasta niveles industriales. Los dos obtuvieron el premio Nobel.

Una de las grandes ironías de la Historia es la de que aquellos dos hombres brillantes, que salvaron a millones de personas de la inanición, sean también famosos por otros trabajos posteriores: Haber, judío alemán, tuvo una participación decisiva en la fabricación del gas venenoso en la primer guerra mundial (y también hizo investigaciones que propiciaron la creación del gas venenoso Zyklon B, posteriormente utilizado en los campos de concentración); Bosch, antinazi ferviente, fundó la gigantesca compañía química I.G. Farben, que Hitler expropió y utilizó con el fin de fabricar suministros para la segunda guerra mundial.

En la actualidad, unas fabricas Haber-Bosch muy mejoradas y perfeccionadas y tan enormes, que dejan boquiabierto, no cesan de zumbar, mientras fabrican centenares de miles de toneladas de fertilizantes destinados a enriquecer los cultivos que después pasarán a ser los azúcares, los aceites y la carne de bovino que entran a formar parte de los tallarines, las patatas fritas, la pizza, los burritos y las tartas que nos hacen engordar.

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Quien no considere importante esa labor debe tener en cuenta que la mitad del nitrógeno de su cuerpo es sintético, producto de una fábrica Haber-Bosch, o que sin la comida suplementaria hecha posible por el descubrimiento de aquellos dos científicos, la Tierra solo habría podido mantener a 4.000 millones de personas... como mínimo, 2.000 millones menos que en la actualidad.

Y sí, antes de que los lectores me manden mensajes electrónicos, me apresuro a decir que entiendo los problemas concomitantes: presión en los ecosistemas, contaminación (incluida la provocada por el nitrógeno), etcétera, etcétera, pero yo soy optimista, por lo que, en lugar de gemir, me despediré con otras buenas noticias. Incluso con una población mundial que sigue añadiendo decenas de millones de nuevas bocas todos los años y dado el continuo aumento de los fertilizantes Haber-Bosch y una asombrosa tendencia a la disminución de las tasas de natalidad a escala mundial (quien viva cincuenta años más, según los cálculos más optimistas, verá a la Humanidad alcanzar el crecimiento cero demográfico), podría estar al alcance de la Humanidad la posibilidad de librarse para siempre de la inanición en gran escala.