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Las elecciones primarias de Iowa y la Alianza Atlántica

¿Qué significan las victorias de dos marginales relativamente inexpertos –Barak Obama y Mike Huckabee- en las primarias de Iowa para la política exterior americana en general y la Alianza Atlántica en particular? Es demasiado pronto para predecir, a partir de una pluralidad de votos emitidos por una pequeña franja de votantes autorizados en un Estado pequeño, quién acabará prevaleciendo en el proceso de selección, pero no  para preguntarse si la actitud inexplicablemente ligera y gratuitamente distante del gobierno de Bush para con los aliados europeos de los Estados Unidos cambiará en gran medida el 20 de enero de 2008.

Los comentaristas parecen convenir en que los votantes que eligieron a Obama y a Huckabee tenían la sensación de rechazar el status quo . Para dejar atrás los patinazos del pasado, votaron, al parecer, por los candidatos a los que menos conocían, pero, ¿qué status quo exactamente se imaginaban rechazar? Tras un examen detallado, la “política habitual” que aparentemente pretendían rechazar, resulta nebulosa. Obama ha vinculado repetidas veces a Hillary Clinton, cuyo equipo político está comprometido personal e ideológicamente con la disputa del poder a quienes actualmente lo ocupan, con el pensamiento dominante en Washington de 2001 a 2007. Más extraño aún resulta que el amable y desigual Huckabee diga que el ex gobernador mormón de Massachusetts, Mitt Romney, representa el poder establecido.

Para centrar el debate, podemos hacernos la siguiente pregunta: ¿incluía el status quo rechazado por Obama y Huckabee el deterioro de las relaciones entre los Estados Unidos y Europa habidas durante la Presidencia de George W. Bush? Al fin y al cabo, la actual denigración por el gobierno actual de la “vieja Europa” no fue un simple aparte retórico, sino el núcleo de su temeraria actitud para con los asuntos exteriores. Ésa es la razón por la que una ruptura en serio con el desastroso legado de Bush debe comenzar con una nueva concepción y reconstrucción de la Alianza Atlántica. Sin embargo, resulta extraordinariamente dudoso que un nuevo atlantismo sea una prioridad para Obama ni ara Huckabee.

En las docenas de debates presidenciales celebrados en los seis últimos meses no ha habido apenas mención de las relaciones entre los Estados Unidos y Europa. No es extraño. Los candidatos no tienen un incentivo para centrar la atención en un asunto, como el de la tirante Alianza Atlántica, que raras veces, por no decir nunca, pasa por la conciencia del votante medio. Que Obama no haya convocado una sola reunión  normativa de la subcomisión del Senado para Europa que preside (encargada de supervisar, entre otras cosas, las relaciones de los EE.UU, con la OTAN y la UE) no ha tenido la menor resonancia entre el electorado en general. Cuando sale a relucir ese asunto, los candidatos republicanos, por su parte, parecen menos tibiamente indiferentes que abiertamente hostiles a Europa. Su animosidad antieuropea, pese a su tosca carencia de información, refleja, entre otros factores, el desprecio del laicismo típico de los evangélicos blancos sureños y la perversa idea, propagada por algunos distinguidos intelectuales republicanos especializados en asuntos relativos a la defensa, de que en la actualidad poco o nada puede contribuir Europa a la seguridad americana.