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El síndrome de la intervención

A menudo se sostiene que Kosovo es un caso de prueba para el concepto de intervención "humanitaria”. Sin embargo, en momentos que Irak cae en un caótico torbellino, los líderes y diplomáticos de todo el mundo nuevamente se están preguntando si es adecuado que alianzas de naciones, o la comunidad internacional como un todo, intervengan en casos cuando un país soberano parece carecer de la voluntad o la capacidad de proteger a sus ciudadanos del genocidio, los crímenes de guerra o la limpieza étnica.

Al centro de este debate se encuentra la así llamada doctrina de la “responsabilidad de proteger". Como Defensor del Pueblo nombrado por las Naciones Unidas para Kosovo durante los últimos cinco años, he tenido la oportunidad única de observar las consecuencias de dicha doctrina, tras la intervención de la OTAN en la ex Yugoslavia en 1999. Posteriormente, Kosovo se ha convertido en un experimento internacional sobre cómo construir una sociedad, encabezada por la Misión de Administración Provisional de las Naciones Unidas en Kosovo (UNMIK).

Experimento es la palabra adecuada. En efecto, Kosovo se ha convertido en una “placa de cultivo” sobre la intervención internacional. Habiendo vivido y trabajado lo suficiente en Kosovo como para ver los resultados obtenidos hasta la fecha, me parece que tales experimentos necesitan más investigación.

No hay duda de que a menudo la necesidad de una intervención internacional en casos de crisis depende de la oportunidad y el momento específicos, y con frecuencia se necesita una respuesta bastante rápida. Sin embargo, y aparte de los factores militares, cuando se considere una intervención de este tipo es de fundamental importancia centrar el debate de las políticas internacionales sobre el despliegue rápido de una presencia civil y de seguridad vinculada con ella. Esto es particularmente cierto en los lugares donde el sufrimiento humano es causado por un conflicto comunitario, como fue el caso de Kosovo.