El inevitable renacimiento de la integración europea

Atenas – La integración europea entraña transferencias sucesivas de soberanía nacional a la Unión, pero, si bien los Estados miembros cumplen de buen grado las decisiones que suprimen las medidas protectoras –los derechos de importación, pongamos por caso–, vacilan a la hora de formular o hacer avanzar políticas que concederían a la Unión Europea poderes discrecionales para adoptar iniciativas. Ejemplos típicos de ello son la estancada Estrategia de Lisboa, la incompleta Unión Económica y Monetaria y ahora, a raíz de la maniobra de bloqueo del público irlandés, la incierta suerte del nuevo Tratado Constitucional de la UE (el “Tratado de Lisboa”).

Un fallo similar resulta evidente en el intento de la UE de definirse en el sistema mundial. La seguridad energética, el cambio climático, el ascenso de China y el resurgimiento de Rusia son algunas de las cuestiones que requieren reacciones eficaces. Sin embargo, con frecuencia la UE no puede reaccionar o sólo puede hacerlo lentamente, porque su estructura obstruye las decisiones y las medidas rápidas. Dicha estructura era apropiada en una época en que el mercado libre era prácticamente la única  cuestión que la UE debí afrontar en el nivel mundial, pero esa época pertenece al pasado.

El cambio resulta más difícil por la insuficiente legitimidad democrática de los órganos de la UE. La falta de una relación directa con los ciudadanos de Europa priva a esos órganos de la presión necesaria para reaccionar rápidamente con medidas y políticas.

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