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La clínica de la identidad

"Conviértete en quien eres", escribió el filosofo Friedich Nietzsche. Un siglo después, millones de personas están siguiendo su consejo al pie de la letra. Pero, en lugar de recurrir a la filosofía, están usando medicamentos y cirugía.

"Me siento como nueva con Paxil", dice la mujer de los anuncios de ese antidepresivo, y así se sienten, supuestamente, los usuarios de Prozac, Ritalin, Botox, Propecia, Xenical, los esteroides anabólicos, la cirugía cosmética, la terapia de reemplazo de hormonas y la cirugía de cambio de sexo. Incluso cuando las personas experimentan radicales transformaciones, cambiando sus personalidades con medicamentos sicoactivos y sus cuerpos con cirugía, describen la transformación como algo necesario para llegar a ser "quienes realmente son".

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"Sólo con los esteroides", escribe el físicoculturista Samuel Fussell, "mi aspecto exterior pudo coincidir con como me sentía en mi interior". Con la cirugía de cambio de sexo, escribe Jan Morris, "alcancé, finalmente, mi Identidad". Si Nietzsche estuviera vivo hoy, estaría promoviendo antidepresivos para Pfizer.

Hoy en día, mucha gente no espera encontrar el significado de sus vidas dirigiéndose a Dios, la Verdad o cualquier otro marco moral externo. En lugar de ello, esperan encontrarlo mirando hacia adentro. Estar en contacto con nuestros sentimientos, deseos y aspiraciones se ve ahora como una parte necesaria de vivir una vida humana plena. Para ser plenos, debemos estar en contacto con nosotros mismos. El lenguaje de la autenticidad ha llegado a sentirse como una manera natural de describir nuestras aspiraciones, nuestras sicopatologías, incluso nuestra transformación personal.

Lo que es novedoso es la participación de los doctores en la realización de este deseo de transformación. En las últimas décadas, los médicos se ido sintiendo mucho más cómodos prescribiendo tratamientos físicos para remediar problemas sicológicos y sociales.

En la actualidad, dan hormonas sintéticas para el crecimiento de chicos de baja estatura, o Propecia a hombres de edad mediana para solucionar la vergüenza de la calvicie. Ahora que el mejoramiento del bienestar psicológico es visto por algunos como un objetivo médico válido, el rango de condiciones potencialmente tratables se ha ampliado enormemente.

¿Es un problema el éxito de estas tecnologías? No necesariamente. Algunos medicamentos y procedimientos alivian las más terribles de las miserias humanas. Por cada persona que usa un antidepresivo para sentirse "mejor que bien", otra lo está usando para combatir una sensación de desesperanza que amenaza su vida. Si la cirugía de cambio de sexo puede aliviar el sufrimiento de una persona, entonces parece no venir al caso la pregunta de si se está o no tratando una enfermedad definida en términos convencionales.

Pero es difícil no plantearse cuestionamientos acerca de toda esta transformación personal inducida por medicamentos. Un foco de preocupación es lo que la filósofa Margaret Olifvia Little llama la "complicidad cultural". Con todo lo difícil que puede resultarnos condenar a los individuos que usan medicamentos y cirugía para transformarse según los patrones estéticos predominantes, en un nivel social estos procedimientos dan origen a los mismos problemas que deseamos solucionar.

Mientras más asiáticos se hagan cirugía plástica para hacer que sus ojos parezcan europeos, por ejemplo, más se fortalecerá la norma social que dice que los ojos rasgados son algo de lo que hay que avergonzarse. Lo mismo pasa con la piel clara, los pechos grandes, las narices rectas o una personalidad chispeante.

Las presiones del mercado agravan este problema. Desde hace muchos años, los antidepresivos han sido el tipo de medicación más rentable en EEUU. No se usan simplemente para tratar casos de depresión clínica graves. También tienen un uso muy extendido para tratar trastornos de ansiedad social, estrés post-trauma, ansiedad generalizada, trastornos obsesivo-compulsivos, trastornos alimenticios, compulsiones sexuales y el síndrome disfórico premenstrual.

Muchos de estos trastornos eran considerados en el pasado como algo poco común o incluso no se conocían. Pero una vez que una compañía farmacéutica desarrolla un tratamiento para un desorden siquiátrico, adquiere un interés financiero en asegurarse de que los médicos lo diagnostiquen con tanta frecuencia como sea posible. Pueden transformar lo que antes se veía como una variación humana común (ser tímido, tenso o melancólico) en un problema siquiátrico. Mientras más gente se convenza de tener un trastorno que puede recibir medicación, más medicamentos venderá la compañía.

Quizás la preocupación más difícil de abordar sea lo que el teórico político de Harvard, Michael Sandel, llama "el impulso de dominación". A Sandel le preocupan menos las posibles consecuencias de las tecnologías para sentirse y verse mejor que la sensibilidad que reflejan, una sensibilidad que ve al mundo como algo que se debe manipular y controlar.

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Como Sandel hace notar, tal podamos diseñar un mundo en el que todos tengamos acceso a medicamentos que nos eleven el animo y a cirugías cosméticas, en que los deportistas puedan usar sustancias que mejoren su rendimiento de manera inocua, en que podamos escoger y manipular sin riesgos los rasgos genéticos de nuestros hijos, y en que comamos cerdos y pollos criados en granjas industriales y modificados genéticamente para no sufrir dolor.

Muchos de nosotros nos resistiríamos a un mundo así, no porque sería un mundo injusto o causaría más dolor y sufrimiento, sino por el grado excesivo al que habría llegado su planificación y diseño. Nos resistiríamos a la idea de que el mundo existe meramente para ser manipulado con fines humanos.