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El corazón hueco de Occidente

BERLIN – Resulta tentador comparar a la OTAN y a la Unión Europea con los equipos de fútbol francés e italiano en la Eurocopa 2008 de este año. Lo que los une, por sobre todas las cosas, es un proceso de ampquot;decadencia competitivaampquot;. La UE y la OTAN pueden verse a sí mismas como potenciales rivales o socios complementarios en el campo de la defensa. Pero lo que sus líderes dicen en privado revela una sensación de frustración común.

ampquot;No logramos trasladar la presencia militar a la influencia políticaampquot;, dice la gente de la OTAN, cuyos comentarios son muy similares a los de los representantes de la UE cuando se refieren al papel de la Unión en Oriente Medio. ampquot;No hemos podido transformar la ayuda económica en influencia políticaampquot;, se lamentan.

Las crisis que ambas instituciones enfrentan hoy tras la votación de Irlanda en contra del Tratado de Lisboa y el deterioro de la seguridad en Afganistán, obviamente, son diferentes. Sin embargo, ambas, en definitiva, son crisis de identidad. Tanto la OTAN como la UE se han visto obligadas a redefinir la manera en que funcionan y repensar sus objetivos después de un proceso dual de ampliación. Desde ese punto de vista, el desafío que enfrenta la OTAN puede ser aún más difícil, ya que ampliar la organización de seguridad no sólo implica incorporar nuevos miembros, sino también ejercer nuevas responsabilidades ampquot;fuera del áreaampquot;.

Pasar del Atlántico Norte a Afganistán, y de la disuasión al combate, terminó siendo un desafío importante para la OTAN -una prueba que puede resultar más difícil que la desaparición de la Unión Soviética hace casi 20 años.