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El corazón hueco de la ciencia médica

¿Por qué a los neurocientíficos, biólogos moleculares, genetistas y biólogos del desarrollo –hombres y mujeres cuyos descubrimientos cambiaron para siempre la manera en que nos entendemos a nosotros mismos- los inquieta tanto su futuro? La crisis de moral entre los científicos médicos de hoy no surge de problemas económicos, ni del estado de desarrollo en el que se encuentra su profesión, ni del nivel de investigación que se está llevando a cabo, sino de la incapacidad de estos científicos para organizarse en comunidades humanas apropiadas.

La baja moral resulta de una escasa amabilidad y decencia; es una deficiencia de hábitos y costumbres, una pérdida de objetivos sociales, una disminución de la capacidad o la voluntad para distinguir lo correcto de lo erróneo y luego actuar debidamente. En su origen, la baja moral es apenas una consecuencia de la indiferencia de los científicos médicos que, ocupados en sus laboratorios, permiten que los cimientos sociales y emocionales de su profesión se pudran a sus pies.

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La vulnerabilidad de las ciencias que se centran en el cuerpo y la mente humanos reside en la obligación que tienen todos los científicos de observar sus sistemas desapasionadamente. En estos campos, la falta de pasión requiere que el científico médico ignore su propia vulnerabilidad de cuerpo y mente. La tensión que implica intentar satisfacer este criterio imposible de curiosidad desapasionada sobre el propio destino impone una distancia intolerable entre el científico del cuerpo y la mente y el cuerpo y la mente del científico. Bajo esta tensión, los investigadores médicos son susceptibles al sueño de que sus instrumentos y procedimientos los hayan liberado, de alguna manera, de las limitaciones de sus mentes y sus cuerpos.

La expresión consciente de este sueño es una respuesta obsesiva a la certeza de la muerte biológica: la creencia de que una victoria lo suficientemente contundente en el juego de la ciencia derrotará a la muerte confiriéndole una forma de inmortalidad al vencedor. Nada sino la delgadísima membrana de la negación separa la noción de la inmortalidad científica a través de la prioridad del descubrimiento de este sueño más profundo, más añejo y absolutamente no científico de escapar a nuestra propia muerte inevitable.

Si bien la ciencia biomédica de hoy dice ser una búsqueda de reparación de los defectos de la naturaleza, son demasiados los profesionales que se comportan como si su verdadero propósito fuera sólo alcanzar la inmortalidad mítica de la precedencia, a cualquier costo para ellos y para los demás. La negación del miedo a la mortalidad y la proyección del deseo reprimido de trascender a la naturaleza son las señales de un esfuerzo encubierto por crear una ciencia biomédica en guerra con sus propios objetivos manifiestos.

El problema no es que la ciencia y la medicina quieran evitar el descubrimiento de curas; es que están demasiado motivadas por una necesidad irracional e inconsciente de curar la muerte como para estar plenamente motivadas por la tarea menor de prevenir y curar la enfermedad para poder retardar los fines inevitables de sus pacientes –y los propios-. Las promesas irracionales y obsesivas formuladas por científicos y médicos en las últimas décadas, de alguna manera, institucionalizaron la negación de la muerte.

Pero estas promesas no son sostenibles. Una versión humana de las ciencias biomédicas, por ejemplo, reconocería que no se trata de trascender los límites del cuerpo humano y así ya no haría promesas que no puede cumplir. Más allá de esto, una ciencia que admita un componente inconsciente en sus operaciones, si no en su metodología, será la ciencia que más útil le resulte a los profesionales de la salud como seres humanos, del mismo modo que generaría, muy probablemente, un valor duradero para el resto de nosotros.

Este tipo de cambio no puede producirse a menos que los científicos se tomen primero el tiempo de considerar las consecuencias de su propio comportamiento hacia los demás. Deberíamos iniciar nuestras reformas de la manera más conservadora, redescubriendo y volviendo a abocarnos al significado del título que tenemos como profesores. “Profesar” tiene un espectro de significados: afirmar abiertamente; declarar o sostener; hacer pretensión de; pretender; alegar capacidad o conocimiento de; afirmar una creencia en; comulgar en una orden o congregación religiosa; hacer una afirmación abierta; o tomar los votos de una orden o congregación religiosa.

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En lugar de elegir entre todos estos significados actuales, deberíamos empezar por volver a la palabra madre de la cual todos surgieron, el término “profesen” que, en el inglés utilizado entre los siglos XII y XVI, significaba “tomar los votos”. Los profesores no merecen el título, a menos que estén dispuestos a tomarse el tiempo y hacer el esfuerzo de afirmar abiertamente algo más allá de sus datos.

Las afirmaciones y los votos no dependen de los datos; son cuestiones del corazón. Para ser un profesor, me da la impresión de que uno antes debe tener algo importante para sí mismo que necesita ser afirmado, y luego uno debe afirmarlo. La moral entre los profesores de ciencia seguirá siendo baja si no deciden que sus sentimientos más fuertes, así como sus mejores datos, deberían determinar su comportamiento profesional y su condición profesional.