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La globalización de la ética

Muchos europeos dudan que Asia pueda alcanzar a Europa en términos de integración regional. Sin embargo, Asia no sólo tiene el tipo de cimientos éticos comunes estables que fueron tan importantes para la integración europea, sino que también tiene un muy desarrollado conjunto de principios morales, algunos de los cuales ya eran parte integrante de la cultura asiática mucho antes de que en Europa se adoptaran principios similares. En efecto, estos principios asiáticos pueden servir como parte de una surgiente ética global común.

Por supuesto, Asia no tiene todavía un núcleo cultural cohesivo comparable al de Europa, que se basa en la tradición judeo-cristiana y la Ilustración. Pero los europeos no deben ser demasiado arrogantes porque, en años recientes, esa cultura común europea ha demostrado ser frágil, particularmente a la luz de la estrategia de divide y vencerás con la que la administración Bush enfrentó a la “Europa vieja” con la “Europa nueva”. Y, así como los inhumanos ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 dañaron seriamente la credibilidad del Islam a ojos de muchas personas, la invasión de Iraq, que se basó en mentiras, ha dañado tanto a la cristiandad como al conjunto de los valores occidentales.

Si bien Asia parece no tener el núcleo cultural de Europa, existen constantes éticas nucleares que han gobernado durante mucho tiempo a las sociedades asiáticas y que indican raíces éticas comunes. En efecto, en cierto sentido, Asia tiene más experiencia en relaciones interculturales que Europa. Ya desde el siglo III a.C., el budismo se extendió pacíficamente desde la India hasta Sri Lanka y una gran parte del Sudeste asiático. En el siglo I d.C., siguió avanzando a lo largo de la ruta de la seda hacia Asia Central y China, y finalmente llegó a Corea y Japón siglos después.

El Japón, homogéneo étnicamente, es un ejemplo de cómo tres religiones –el shintoismo, el confucianismo y el budismo—pueden coexistir pacíficamente y, en muchos casos, mezclarse. Incluso el Islam –que se extendió principalmente tras las conquistas militares en Medio Oriente, la India y el norte de África—llegó de forma más bien pacífica al Sureste asiático, de la mano de mercaderes, eruditos y místicos.