John Overmyer

El fantasma del apaciguamiento

PRAGA – Uno de los pilares fundamentales de la arquitectura política de Europa es la creencia firme y perdurable en la validez universal de los derechos humanos iguales, universales e inalienables. En el centro de esto reside la convicción de que los seres humanos tienen derecho a una vida de libertad y a la protección de su dignidad.

En los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, este ideal humanista se convirtió en la base de la identidad espiritual y política de Europa y, por lo tanto, está contenido en los documentos fundadores de la Unión Europea. Por supuesto, esto no significa que la UE pueda o quiera conquistar el resto del mundo en nombre de imponer sus valores, reglas y cultura al resto de la humanidad. Lejos de eso. Por el contrario, lo que sí significa la devoción de Europa por el humanismo es una determinación, no importa las circunstancias, a mantenerse firme y no abandonar los fundamentos de la civilización europea y la unificación europea. Como consecuencia, Europa le asigna un énfasis primordial a la universalidad de los derechos humanos y libertades.

Sin duda, existen muchos lugares en todo el mundo donde los derechos humanos y las libertades civiles siguen estando pisoteados: Corea del Norte, Irán, Birmania, Tíbet, Zimbabwe y muchos otros. Esta semana, una reunión del Consejo de Asuntos Generales y Relaciones Externas de la UE (CAGRE) analizará una vez más las relaciones entre la UE y Cuba.

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