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La forma francesa de la crisis

PARÍS – Francia es presa de la confusión. Según las encuestas de opinión, la popularidad de Nicolas Sarkozy es la más baja de un Presidente francés en decenios. La semana pasada, dos ministros dimitieron, pero una tormenta parlamentaria, mantenida por la prensa, continúa impulsada por las acusaciones de conflicto de intereses contra un ministro sospechoso de corrupción al recaudar fondos para la campaña presidencial de Sarkozy.

A algunos ministros no les importa demasiado la opinión pública al utilizar los fondos públicos y está claro que la atmósfera política se ha vuelto emponzoñada. La atmósfera en el Parlamento es execrable y puede ser suficiente para derribar al Gobierno en una moción de censura, pero la Constitución establecida por el general Charles de Gaulle es sólida y Sarkozy mantendrá su posición hasta el final de su mandato en 2012. Las malas perspectivas electorales del Partido Socialista, el principal de la oposición, están ayudando también a Sarkozy.

La dimensión de la crisis política de Francia no parece proporcionada a la situación real del país. Desde luego, Francia se ha visto gravemente afectada por la crisis financiera y la contracción económica mundiales, pero las consecuencias han sido algo menos dramáticas que en muchos otros países europeos.

Dos de los tres países bálticos y Grecia padecen dificultades financieras profundas, cosa que también es en gran parte aplicable a Portugal, España, Hungría e Islandia. Irlanda, Bélgica, Italia y el Reino Unido siguen amenazados, con sus grandes deudas públicas o déficits por cuenta corriente, pero los Países Bajos y Austria –y, en menor medida, Alemania y Francia– se encuentran un poco mejor.