La fragilidad de un mundo plano

¡El mundo es plano! Es lo que dice el columnista Thomas Friedman, quien escogió ese título provocativo para su best-seller con el fin de alertar a la gente sobre los efectos dramáticos que la tecnología está teniendo sobre la economía mundial. La distancia se está acortando. Las barreras geográficas ya no ofrecen una protección fácil. La competencia global está desafiando a los trabajadores manufactureros y a los profesionales de la alta tecnología de Estados Unidos y de Europa por igual. Es probable que los consumidores occidentales que llaman a una compañía local hablen con alguien en la India.

Los escépticos han señalado los límites de la metáfora de Friedman. Como uno de ellos dijo, el mundo no es plano sino “picudo”. Un mapa de la actividad económica en el mundo mostraría montañas de prosperidad y muchos valles de pobreza. Además, la distancia está lejos de haber desaparecido. Incluso los vecinos con barreras arancelarias bajas como Canadá y Estados Unidos, comercian más al interior que a través de las fronteras. Seattle y Vancouver están cerca geográficamente pero Vancouver comercia más con la lejana Toronto que con la cercana Seattle.

No obstante esa crítica, Friedman dice algo importante. La globalización, que se puede definir como la interdependencia a distancias intercontinentales, es tan vieja como la historia humana. Prueba de ello son la migración de pueblos y religiones o el comercio a lo largo de la antigua ruta de la seda que conectaba a la Europa medieval con Asia. Pero actualmente la globalización es diferente porque se está haciendo más rápida y espesa.

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