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La visión y la fantasía

JERUSALÉN – Israel, una audaz visión hecha realidad, celebra su 65.° aniversario con merecida satisfacción por sus extraordinarios logros internos. Pero en sus relaciones con el mundo exterior, al estado judío le queda mucho camino por recorrer.

La experiencia histórica del pueblo judío en relaciones internacionales no es particularmente edificante. A lo largo de la historia del judaísmo, solamente ha habido un estado judío durante breves períodos, y en dos ocasiones ese estado incurrió en suicidio político. Los motivos fueron siempre los mismos: el fanatismo político-religioso y el craso error de desafiar a las potencias mundiales dominantes (de donde proviene la obsesión del sionismo moderno por forjar una alianza vinculante con una superpotencia).

Es inevitable que el etnocentrismo distorsione las relaciones de cualquier pueblo con el resto del mundo. La doctrina de Israel en relación con el poder surge de lo profundo de la experiencia de los judíos, particularmente la hostilidad eterna e impiadosa de un mundo de gentiles. El papel del Holocausto como mito constituyente del metarrelato sionista reforzó la tendencia de Israel a plantarse de cara al “mundo”, una abstracción amorfa pero imponente con la que los judíos mantienen una disputa que las herramientas tradicionales de las relaciones internacionales no pueden resolver.

El sionismo (un movimiento nacionalista esencialmente secular) fue el medio a través del cual los judíos retornaron a la acción política y desarrollaron las herramientas diplomáticas necesarias. Pero mientras el primer sionismo tenía la ventaja de contar con pragmatismo y habilidad diplomática, luego la preponderancia del ethos militar de la nación en armas relegó los extraordinarios logros del sionismo en política exterior a un rincón remoto de la memoria colectiva de los israelíes.